Violeta Apegada está contentísima con su nueva moto y no hace más que mirarla… ¡Es tan maravilloso poder disfrutarla al fin! Con ella pasa muy buenos momentos porque es comodísima para moverse con rapidez en la ciudad. Aparca enseguida y… ¡es tan preciosa! ¡Y mía, al fin!, se dice con alegría. Para Violeta Apegada su moto es algo más que una simple moto: tiene mucho valor sentimental. Para conseguirla tuvo que ahorrar durante cinco largos años, y con frecuencia recuerda llena de orgullo que todos los meses apartaba un poquito de dinero, privándose de otras cosas que le encantaban, para conseguir algún día su soñada moto. Le ha costado tanto conseguirla que no piensa permitir que se estropee por un mal cuidado o un descuido… Pero este asunto últimamente le genera malestar. El otro día su hermano tomó la moto sin avisarle y Violeta sufrió una ansiedad que la descompuso y la lleno de ira… ¿Cómo se atrevió a cogerle la moto sin avisar? ¡Con lo que le ha costado conseguirla! ¿Qué sabe él de todo a lo que ha tenido que renunciar para comprarla? La furia le hizo perder el control de sí misma y no le gustó la sensación, porque ella quiere mucho a su hermano y siente que se propasó al hablarle sobre el asunto. Perder el control de esta manera le ha generado mucho sufrimiento y ahora se siente mal consigo misma. Pero además, desde que su hermano usó su moto algo marcha mal porque hace un ruido extraño; pensar que puede ser alguna avería grave la llena de ansiedad y miedo…  ¡Si tiene algo roto me muero! ¡Si tiene una avería grave me muero! ¡Solo yo sé a todo lo que he tenido que renunciar para tenerla! No me gusta sentirme así de mal… Esto tengo que contárselo a mi psicóloga; necesito su ayuda, se dice así misma Violeta Apegada.

En este artículo os voy a hablar sobre el apego a lo material. Se puede llegar a dar un gran valor a muchos y variados objetos, porque te los han regalado personas muy especiales, porque forman parte de un linaje familiar, porque su posesión o pertenencia crea en tu mente la imagen que quieres proyectar, porque evocan sensaciones y sentimientos de situaciones y épocas pasadas y queridas, etc.

En principio, el apego es algo natural y no siempre es malo. De hecho, cierto grado de apego es saludable porque nos permite tener relaciones profundas con el mundo y con el resto de las personas. En el caso de los objetos materiales, nos pueden permitir establecer una conexión con momentos importantes de nuestra vida, terminar proyectos o compromisos adquiridos, así como dar valor al simple hecho de conseguir ese objeto. Incluso, ciertos objetos pueden hacernos sentir algo agradable y especial hacia un determinado grupo de personas. Las cosas que poseemos hablan de nuestra historia, de nuestras renuncias, victorias y derrotas. Las cosas que nos rodean nos hablan, son recordatorios de lo que somos y de dónde venimos.

Pero cuando pierde su justa medida, el apego a las cosas materiales se convierte en un problema. Entonces, llega un miedo irracional a perder dicho objeto, y por tanto a la pérdida de esa conexión o sensación tan especiales. Pueden ser motocicletas, como en el caso de Violeta Apegada, o coches, juguetes de cuando uno era un niño, o joyas, gemas, metales y objetos preciosos, collares, pulseras, pendientes, adornos corporales, orfebrería, artículos de coleccionismo, muebles, electrodomésticos, ordenadores y aparatos electrónicos, teléfonos móviles, iphones, ipads, tablets, prendas de vestir, ese vestido de bodas, ese traje de marinerito de la Primera Comunión, compras exóticas, bibliotecas enteras de libros vetustos, regalos de cumpleaños, boda, aniversario…, medallas, trofeos y condecoraciones, títulos académicos, las cenizas del abuelo en una urna en el salón, fotografías, cuadros, souvenirs, recuerdos físicos de mil y una clase, obras de arte, propiedades y terrenos, e incluso bienes inmuebles como chalets, garajes, pisos o mansiones… Creemos que los objetos nos dan la felicidad y nos aterra perder esa felicidad. Por tanto, nos aterra perder los objetos. Nos va la vida entera el conservarnos y por tanto, y efectivamente, hay quien da la vida por seguir teniéndolos. Hay quien busca alimento en la basura pero se niega a vender la medalla de oro del bisabuelo por su valor sentimental. Llenamos, hinchamos, inundamos nuestras vidas de objetos, multiplicamos por mil las sensaciones que obtenemos al poseerlos, como si fuera la posesión quien creara la sensación, y no la situación y el recuerdo, algo que podremos tener siempre en nuestro interior, sin necesidad del objeto físico. A veces también guardamos y mantenemos objetos para llenar vacíos, como el sentimental, el vacío de la soledad o incluso el vacío existencial. Hay quienes solo encuentran sentido a su vida en la posesión de ciertos objetos; de ahí que si los pierden, también su vida pierde el sentido para ellos. Igualmente se convierte en un problema cuando acumulas cosas para mantener tu mente ocupada y así evitar ciertos miedos o ideas que no sabes cómo gestionar, pues poseer muchas cosas requiere tiempo para organizar, limpiar, mantener, buscarles espacio… Además, hay que colocar otras cosas que van a ir llegando y que también quieres guardar, y así, mientras, no tienes tiempo para enfrentarte a ESE ASUNTO que tanta angustia genera. Igualmente, es un problema que dichos objetos te hagan conectar con ciertas etapas vitales que no eres capaz de cerrar: el objeto te da la sensación ilusoria de que aún estás en el pasado, pero en realidad esa época ya terminó y el objeto está ahora contigo, aquí y en el presente, nada más, y no es más que un puñado de materia inerte. Aunque de momento el objeto te haga sentir bien, al cabo de un tiempo lo único que te hace sentir es frustración y sufrimiento, al comprender que forma parte de un pasado que ha muerto y no puedes resucitar. Te ves incapaz de cerrar etapas y heridas y sigues aferrado a los objetos.

Cada uno de estos casos ha de ser analizado y escrutado y a cada persona hay que hacerle una terapia a la medida, para que logre superar el apego irracional y por tanto generador de sufrimientos.

Quizá debiéramos a aprender a vivir con menos objetos y deshacernos con alegría de algunos (o muchos) de ellos: hacerlo como un simple ejercicio, a ver qué ocurre. Obtener y mantener menos cosas, sacarlas de nuestra casa, regalar o donar de vez en cuando objetos para que los disfruten otros, sacarnos de encima y tirar un montón de objetos que están criando polvo y telarañas, hacer una buena limpieza y deshacerse de muchas cosas que ya no nos sirven para nada, objetos antaño valiosos que ahora ni miramos y que a otras personas pueden servirles. En definitiva, aprender a vivir con menos objetos y propiedades personales, deshacerse y liberarse de ellas para darse cuenta de que a veces no solo no nos hacen falta, sino que incluso nos quitan tiempo y energías, y en casos extremos incluso nos encadenan y esclavizan. Sobre todo, podemos aprender a vivir más con nosotros mismos, a partir de nosotros mismos, y no a partir de los objetos.

Cada caso de apego insano a lo material puede llegar a ser un universo; sus causas y consecuencias pueden tener muchas razones y por ello hay también muchas maneras de abordar el sufrimiento, a través de la psicología sanitaria. El apego irracional a lo material puede que no sea más que un síntoma de algo que subyace, y ahí está el verdadero problema. Para llegar a lo que subyace hay que hacer un estudio psicológico de la persona. Dado que el tema es muy extenso y variado trataré de enfocarme en un caso concreto, que a su vez puede llegar a tener muchas facetas y enfoques. En este artículo me voy a centrar en el que sufre Violeta Apegada. Ella sufre el apego a las cosas debido al miedo a perder el control. Acumular muchas cosas conlleva tener que estar muy pendiente de ellas, organizarlas, saber dónde están, mantenerlas funcionales, etc., y mientras estamos en esa tarea diaria sentimos que tenemos el control y así evitamos el horror de otras incertidumbres.

Por tanto, Violeta Apegada gasta muchísima energía en mirar y mirar y mirar su moto, comprobar que esté bien engrasada, que no tenga ni una manchita que pueda perturbar la visión de ese blanco inmaculado, que las ruedas tengan su justa presión, que la altura del sillín esté a la altura correcta y exacta del suelo para que su cuerpo esté bien acomodado, etc. Y mientras emplea toda esa energía y atención en su moto Violeta Apegada no siente el vértigo de la incertidumbre. Esto sí lo puede controlar. Está bajo su dominio. Sabe lo qué debe hacer. Pero no todo es tan sencillo, porque si le ocurriera algo inesperado a su moto, como que su hermano la tome sin avisar, le invade la ansiedad y el miedo a lo que ya sí está fuera de su control. Entonces desaparece el maravilloso orden y EL CAOS llega a su vida. Imagina el peor escenario y se repite así misma sentencias como: ¡si le ocurriese algo a mi moto yo me moriría!

Es posible que te haya pasado: has empleado mucho tiempo y energías en conseguir ciertas cosas y la mera idea de perderlas te genera ansiedad. O mejor dicho, el no poder controlarlo todo, la incertidumbre de no saber a ciencia cierta qué puede ocurrir. El caos. Si no sabes qué puede pasar no sabes aún cómo enfrentarte a ello, al futuro. Ahí entra en acción nuestra vieja amiga Doña Anticipación: empiezas a imaginar escenarios horripilantes e incontrolables en los cuales no sabes qué hacer y te pierdes en el limbo de la incertidumbre e incluso el horror. Si no puedes controlar tu entorno incluso puedes desaparecer, puedes pensar que el entorno te comerá y te desintegrará… La ansiedad es de tal magnitud que se torna insoportable. Y lo peor de todo es que esos escenarios horribles pero imaginarios tu cuerpo los interpreta como reales, de ahí que generen un continuo malestar. A esto hay que añadir que al ser una anticipación mental no puedes hacer físicamente nada para cambiarlo porque ni siquiera está ocurriendo. Este sufrimiento se alimenta de sí mismo en una especie de círculo vicioso: te anticipas con la imaginación a un escenario en el que pierdes tu objeto, eso genera malestar en tu cuerpo porque lo vive como real, pero no puedes hacer nada real para detenerlo porque está todo en tu imaginación. Y la imaginación, que en estos asuntos es un caballo desbocado, no para de correr y correr y correr…

Hay un ritual tibetano budista que refleja muy bien el significado del desapego. Consiste en hacer un gigantesco y hermoso mandala de arena de muchos colores. Varios monjes trabajan en equipo durante semanas para crear una obra de arte de perfección geométrica. Utilizan herramientas de precisión como reglas y compases para conseguir formas armoniosas y simétricas. Se tapan la nariz y la boca con mascarillas para que su respiración no mueva un solo granito de arena de su lugar. Es un trabajo duro y minucioso. Llevarlo a cabo es en sí mismo un acto de meditación. Mándala es una palabra sanscrita donde man significa mente y dala significa mantener. Tratan de mantener en la mente esas hermosas formas que están creando. Y una vez terminado, agitan suavemente sus manos y lo destruyen todo. En tan solo unos segundos deshacen, desintegran y aniquilan el trabajo de semanas, hasta que no queda nada. 

No conozco la metodología exacta de este ritual, pues no soy experta en budismo; quizá haya imprecisiones en mi forma de contarlo y sin duda habrá una profundidad que en un solo párrafo yo sea incapaz de transmitir. Pero es importante que te fijes en el sentido último del ritual. Hay una parte de apego durante el proceso de creación y otra parte de desapego en el de la destrucción. Una vez deshecho el mandala, toman un poco de arena mezclada y la reparten en distintos lugares significativos para ellos. Es un ejercicio que habla de la impermanencia en la existencia.

Nada nos pertenece. Todo lo que tenemos nos es prestado durante un pequeño periodo temporal. Cuando muramos nada nos podremos llevar, quizá ni siquiera nuestros recuerdos. El ritual tibetano de los mándalas de arena contiene una lección de humildad, fortaleza y sabiduría.

 Si hay algo que no quieres perder, si la simple idea de perderlo genera en ti mucha ansiedad, si sufres por no tener el control sobre ciertas situaciones y te alivia el recurrir a los objetos… Te sugiero que reflexiones a partir del ritual tibetano de los mándalas de arena, que cuestan tanto tiempo y trabajo, para ser destruidos en unos segundos. Quizás también puedan ayudarte las siguientes preguntas:

  • ¿Qué sería lo peor que te podría ocurrir si perdieras eso que tanto temes perder? ¿Tu cuerpo sobreviviría o sufriría un colapso mortal?

Violeta Apegada imaginó el peor escenario: que le robasen la moto. Y después del disgusto entendió que simplemente tendría que aceptarlo. Pero ciertamente no moriría. Podría seguir viviendo y la vida seguiría su curso.

  • ¿Eres consciente de que te vas a morir? ¿Qué importancia tendrá lo que ahora poseas cuando llegues a tus últimos momentos de vida? ¿Será tan crucial tenerlo o no tenerlo cuando tengas 90 años? (Si tienes miedo a morir, te sugiero que leas mi entrada AFRONTAR EL MIEDO A LA MUERTE)

Violeta Apegada entendió que con 90 años poco le importaría tener dicha moto, y que respecto a su propia muerte, la moto en realidad no significaba nada.

  • Imagínate como podría ser tu vida sin dicho objeto. ¿Qué otras posibilidades de existencia podrías tener?

Violeta Apegada imaginó que si no tuviera la moto podría desplazarse en coche, en bicicleta, incluso en monopatín, o simplemente andando. Es posible que incluso encontrara alguno de esos modos de locomoción más entretenido o interesante, o que pudiera disfrutar de ellos tanto como de su moto.

  • ¿Qué has aprendido tras toda esta reflexión?

Violeta apegada decidió que si algún día perdiera su preciada moto tampoco sería un drama porque aún le quedaría toda una vida para comprar otra. O para no comprarla. Igual que una vez logró el objetivo de la ansiada moto, podría conseguir muchas otras cosas y cumplir otros objetivos fascinantes. De igual modo, los tibetanos son capaces de crear un mándala con mucha precisión, cuidado y amor y luego destruirlo, para al año siguiente hacer otro nuevo. De tal modo se comprende que lo importante no es la meta ni el objetivo en sí mismo, sino el camino que se recorre para conseguirlo, un camino que has de disfrutar paso a paso, no por la meta, sino por el mero goce de recorrerlo.

Conseguir un objetivo es en realidad un camino de aprendizaje, un proceso experiencial en el que crecemos, nos desarrollamos y fortalecemos. Y eso siempre estará dentro de nosotros. El objetivo concreto y material puede perderse, pero lo que hemos aprendido de nosotros mismos y del mundo hasta conseguirlo es algo que jamás se perderá, es un conocimiento experiencial que te acompañará hasta la muerte y que te puede permitir lograr otras cosas aún más importantes. Pero incluso esa experiencia también la vamos a perder al morir. Nada es permanente. Lo único permanente en esta vida es la impermanencia y la incertidumbre. Es bueno aprender a vivir y a manejarse en la impermanencia y el desapego. Porque una vez que se entiende esto, se entiende que lo importante no es la meta final, sino el presente que estamos recorriendo y viviendo, ahora mismo, en este preciso instante, un presente que debe tener sentido y ser rico en sí mismo. Esa es la verdadera meta.

Espero que este artículo te haya servido para explorar tu propio interior, pues el viaje al interior es el más increíble de los viajes que puede hacer un ser humano. Recuerda que ante situaciones difíciles y complicadas visitar a un psicólogo sanitario puede ser una muy buena opción para clarificarte y superar aquello que ahora te hace sufrir. Si te ha gustado este artículo te invito a que te suscribas a mi Newsletter para recibir automáticamente mis entradas y así estar al tanto de diferentes e interesantes temáticas y recursos de psicología. Me encantaría verte entre mis suscriptores.

Que tengas un día maravilloso.

Natalia Aguado (Psicóloga Sanitaria) con la colaboración de Andrés Díaz Sánchez (escritor).

NVAG Centro de Psicología es un centro sanitario en Alcobendas (Madrid), en el cual la psicóloga sanitaria Natalia Aguado ofrece servicios de psicoterapia. Para más información visita www.nvagpsicologia.com