Ansiedad

¿Qué es la ansiedad?

La ansiedad es una emoción que la naturaleza nos ha dado como parte de nuestro paquete de recursos biológicos para sobrevivir. Esto quiere decir que tener algo de ansiedad no es algo malo en sí mismo; de hecho, en parte gracias a esto el ser humano ha sido capaz de sobrevivir hasta el presente.

Gracias a la ansiedad podemos hacer frente a las exigencias de nuestro entorno. Por ejemplo, ante los exámenes, cierto grado de ansiedad es bueno para mantenernos alerta y ponernos en acción de modo que dicha emoción nos mueve a planificar mejor nuestro tiempo, estudiar, preguntar lo que no entendemos, etc. Si estamos conduciendo un coche y de pronto vemos un balón de fútbol en medio de la carretera, es natural experimentar un mínimo grado de ansiedad, que nos alertará del posible peligro que pudiéramos causar a alguien, quizás niños, que pudieran entrar de pronto en la calzada para recuperar la pelota; ese sano temor nos obligará a decelerar y poner mucha atención a cuanto ocurra ante nosotros. Si en una empresa una persona oye rumores de que van a despedir a trabajadores de su propio nivel, algo de preocupación e incluso de ansiedad es razonable, pues puede peligrar su fuente de ingresos, y por tanto ese mismo temor le llevaría a buscar otras opciones y posibilidades en el mercado laboral para que, de ocurrir lo peor, estuviera preparada para afrontarlo. En realidad, experimentar de vez en cuando cierto temor y ansiedad ante el futuro no solo no es normal, sino inevitable, pues la vida es cambiante, plantea retos, dificultades y situaciones complicadas, y esa misma emoción, bien usada, en lugar de inmovilizarnos y dejarnos inermes ante el futuro, puede por el contrario llevarnos a la acción, a enfrentarnos a cada reto y problema, a crecernos ante la adversidad y buscar los recursos necesarios para superarla, pues sabemos en el fondo que de no hacerlo el problema y el reto se harán cada vez más y más grandes, y más difíciles de solucionar.

La ansiedad se puede experimentar en diferentes grados, frecuencias e intensidades. Un grado bajo y relativamente manejable no es algo tan extraño, pero no podemos permitir que ese grado aumente hasta alcanzar el miedo agudo, incluso el terror, la inmovilidad y, en los peores casos, el pánico.

La ansiedad puede llegar y «anclarse» en nuestro cuerpo, a veces sin avisar. Y partiendo de las sensaciones de nuestro cuerpo y de nuestras emociones y pensamientos, podremos pasar a un estado más operativo, funcional, adaptativo respecto al ambiente, y por tanto saludable… O bien podemos sentirnos desbordados por un temor paralizante que incluso nos impide decidir nada con claridad, que inunda y llena todo nuestro campo cognitivo, sin dejarnos pensar en otra cosa, convirtiéndonos en un ser desestabilizado e inoperante. Lo cual nos lleva a plantearnos la siguiente pregunta…

¿Cuándo la ansiedad es un problema?

Cuando interfiere en tu día a día impidiéndote llevar la vida que te gustaría. Cuando te genera un miedo excesivo e inapropiado, interfiriendo a la hora de desenvolverte incluso en aspectos triviales de tu vida cotidiana. Cuando sabes que tendrías que poder enfrentarte a esto de otra forma, pero no puedes hacerlo aunque te lo propongas, y ese hecho te causa una bajada de autoestima y de confianza en ti mismo. Cuando ya no eres dueño de tus pensamientos, que corren desbocados sin que puedas detenerlos, provocando imágenes catastróficas que a la vez producen más ansiedad, en un círculo vicioso y perverso.

En definitiva, es un problema cuando, a pesar de haber intentado por tus propios medios bajar tus niveles de preocupación, nervios y temor, la ansiedad continúa ahí sin darte tregua ni respiro, haciéndose más fuerte en tu mente, mientras tú te sientes más débil y acongojado.

¿Cómo afecta la ansiedad en nuestras vidas?

Pueden darse ciertos lugares comunes cuando la ansiedad es desproporcionada

Por ejemplo, quizás la ansiedad no te permite ir a los lugares de ocio, laborales o de otra índole a los que deseas ir; tal vez antes sí podías ir a ellos sin problemas, pero ahora no. O cuando tampoco puedes ni siquiera permanecer en los sitios donde cada día has permanecido sin problemas. Cuando no puedes llevar a cabo ciertas conductas que querrías realizar, porque te causan un desasosiego y temor paralizantes, y tal vez sin poder siquiera entender el porqué de esa inmovilidad. Cuando no puedes relacionarte con las personas; cuando no puedes estar en presencia de mucha gente, o incluso cuando no puedes estar ni siquiera con una sola persona, sin que te asalten mil y un temores; cuando no puedes hablar en público, ya sea en una presentación dentro de un pequeño grupo, o en una conferencia ante muchas personas. También es posible que la ansiedad te impida soportar la idea de estar solo, y por tanto necesites compañía a todas horas; por ejemplo, puedes sentir angustia al apagar la luz de tu dormitorio para dormir. Cuando entorpece o incluso impide por completo conductas que formaban parte de tu vida. Cuando la rutina de antes se convierte en un infierno diario de inseguridades. Cuando ya no estás cómodo con tus amistades, tu familia, tus amigos, tus compañeros de trabajo… Cuando no puedes afrontar ni siquiera la posibilidad de salir de casa, o ir a una tienda o un centro comercial a hacer compras, o subir a un autobús, un tren o un avión. Cuando no puedes cruzar puentes o transitar grandes calles. Cuando no puedes acudir a bodas, fiestas o distintas ocasiones sociales. Cuando ante la presencia de un animal o un objeto determinado, o el que suceda determinada circunstancia razonablemente normal lugar, te abrume de una manera desproporcionada, sin razón aparente

En definitiva, cuando la ansiedad genera en ti un nivel de miedo y malestar que te impide hacer las cosas que te gustaría hacer y que consideras normales y saludables, las cosas que todo el mundo hace pero que, inexplicablemente, tú no puedes hacer. Así, por culpa de la ansiedad cada vez te sientes más aislado e incapacitado, tu mundo es un lugar más pequeño, y giras dando vueltas en una vorágine de temores y desesperación.

¿Qué es un ataque de pánico?

Los ataques de pánico son subidas impredecibles y muy intensas de ansiedad, que se viven con grados altos de miedo, y frecuentemente con síntomas indicadores de un gran malestar físico.

Ciertas Investigaciones han establecido que más de un diez por ciento de la población general adulta ha experimentado alguna vez en su vida un ataque de pánico. Sin embargo, a pesar de estas cifras, en la mayoría de las ocasiones el ataque de pánico suele quedarse en algo tan desagradable como anecdótico y aislado, y la persona no vuelve a sufrirlo ni tiene miedo de que le pueda volver a ocurrir. Siente que esa tormenta ya ha pasado y que su cuerpo y su mente han sobrevivido a ella, se han adaptado, se han endurecido y fortalecido, y se cree capaz de soportar otra situación parecida, o al menos de creerla tan lejana que no debe preocuparse a todas horas por ella. Así, la persona puede seguir afrontando su vida con un grado razonable de solidez y confianza. Sentirlo alguna vez no quiere decir que ya se tenga un problema emocional o cognitivo que se deba tratar.

Los ataques de pánico se pueden producir ante situaciones impredecibles, inesperadas, trágicas, que suponen una enorme brecha en nuestra rutina predecible, un temblor del terreno en el que nos sentimos seguros, cambiándolo por situaciones en las que aumenta el caos y sobre todo la dificultad de prever qué puede ocurrir, para preparar nuestras respuestas y recursos cognitivos, y gestionar nuestras emociones… Así, pueden darse ataques de pánico en situaciones como la enfermedad difícil de un ser querido o de nosotros mismos, la pérdida del trabajo o de nuestro estatus económico, situaciones muy desagradables con otras personas, etc. Pero también pueden suceder en el transcurso de situaciones neutras, aparentemente tranquilas, cuando la persona debería sentirse segura y alejada del peligro.

Unas veces, la causa del ataque de pánico puede parecernos muy clara, pero otras veces la causa parece desproporcionada, e incluso puede que no haya ninguna causa aparente. Entonces, no se comprende el porqué del ataque de pánico, y a todo el sufrimiento que este por sí mismo genera hay que sumarle la angustia de la persona, al preguntarse si no se estará volviendo loca, si no está perdiendo contacto con la realidad, y debemos añadir la vergüenza por estas sospechas de anormalidad mental y emocional.

Con independencia de que las causas sean evidentes o no estén claras, sufrir un ataque de pánico es una experiencia muy desagradable, a partir de la cual algunas personas pueden «dar un vuelco» a su vida, desestabilizándola por completo, por el miedo de volver a vivirlo. Es en este caso cuando se convierte en un auténtico problema que debe ser tratado. La persona organiza toda su existencia, de manera voluntaria o automática, en función del «que jamás vuelva a suceder», y se convierte en un esclavo del miedo, imponiendo severas limitaciones a su existencia y generando mucho sufrimiento.

¿Qué síntomas tiene un ataque de pánico?

Podemos distinguir tres clases de síntomas: físicos (se sienten en el cuerpo), emocionales (sentimientos, emociones) y cognitivos (ideas, imaginaciones, visiones…) A continuación, se detallan algunos de los más habituales durante un ataque de pánico:

Síntomas físicos:

– Aceleración de la frecuencia cardiaca, que se siente en forma de palpitaciones demasiado rápidas, como si el  corazón galopara desbocado.
– Sudoración abundante.
– Temblores y/o sacudidas.
– Sensación de dificultad para respirar, cierto grado de asfixia.
– Sensación de ahogo
– Dolor o molestias en el tórax.
– Nauseas, malestar abdominal.
– Sensación de mareo, vértigo, inestabilidad, aturdimiento, desmayo.
– Escalofríos, o calor desmesurado.
– Sensaciones de entumecimiento o de hormigueo en la piel.
– Sensación fuerte de irrealidad, como si uno se separase de sí mismo, de una manera casi sensorial.

Síntomas emocionales:

– Miedo a perder el control, a «volverse loco».
– Miedo a no poder salir nunca de este estado y quedar atrapado en él para siempre.
– Miedo a morir.

Síntomas cognitivos (pensamientos recurrentes e imágenes vívidas que se pueden generar al sufrir un ataque de pánico):

– Pensar, presentir y ver que va a sufrir un ataque al corazón.
– Que va a tener un derrame cerebral.
– Tener la convicción de que está perdiendo la cordura, verse a sí mismo como un sujeto enajenado.
– Creer que cuanto ocurre está fuera de su control y que no puede disminuirlo ni pararlo.
– Que su personalidad, carácter y forma de ser y de pensar cambiará de forma irremediable, que jamás va a volver a ser él mismo.
– En contraste con todo lo anterior, incapacidad para pensar con claridad, entumecimiento de la mente, que está paralizada y «helada» por el pánico.

Tipos de trastornos de ansiedad

La ansiedad puede llegar a provocar un miedo intenso que puede tener las siguientes características y orígenes:

– Puede ser producido por un animal (arañas, reptiles, insectos, perros…), un entorno natural (alturas, tormentas, espacios abiertos, grandes masas de agua…), un lugar físico concreto (avión, ascensor, habitación cerrada…) y otras situaciones catalogables de diferentes modos (visión de vómito o sangre, cercanía del alcohol, de música a volumen alto…).

– Puede aparecer en situaciones de interacción social, en las que el individuo se siente expuesto ante la mirada, juicio, exposición y examen de otras personas. Por ejemplo, al mantener una conversación, conocer a alguien extraño, comprar algo en cualquier tienda, comer y beber en un lugar público, al actuar y hablar ante muchas personas (un grupo de trabajo, el público de una conferencia…).

– Hay situaciones muy concretas, casi estereotipadas, que han sido recogidas en numerosos casos de trastornos de ansiedad:

o Transporte público o privados de personas (automóviles, autobuses, trenes, barcos, aviones…).
o Grandes espacios abiertos (zonas de estacionamiento, mercados, puentes, plazas y glorietas…).
o Lugares cerrados (públicos, como tiendas, teatros, bares, cines, pasillos de estaciones de Metro o tren… O privados, como una habitación, la propia casa, un despacho…).
o Hacer cola, encontrarse en medio de una multitud, en calles muy transitadas o centros de ocio o comerciales llenos de compradores.
o Estar fuera de casa, solo, sin ir acompañado por nadie.

Momentos de gran preocupación, en los que suele haber una anticipación aprensiva, es decir, una visión exagerada de todo lo malo que puede suceder: exámenes, celebraciones y ocasiones sociales señaladas, despidos y cambios laborales, ausencia de seres queridos… En estos casos, no son infrecuentes estos síntomas:

o Inquietud, sensación de estar atrapado en una caja o jaula, sentir los nervios de punta.
o Una gran fatiga desesperada.
o Dificultad para concentrarse y planificar, quedarse con la mente en blanco, no poder recordar lo que se quiere recordar.
o Irritabilidad.
o Tensión muscular.
o Problemas de sueño (dificultad para dormirse o para continuar durmiendo, o bien un sueño irregular, inquieto e insatisfactorio).

En ocasiones, a los ataques de pánico les sigue la sensación de no entender por qué a la persona le ocurren estas cosas, de que la ansiedad no se circunscribe al ataque mismo, sino que ha invadido toda su vida, sin que haya ninguna razón lógica ni aparente. También se puede experimentar vergüenza y baja autoestima al compararse con otras personas que sí son funcionales. No es extraño que la razón más o menos clara del ataque de pánico quede difuminada y sea sustituida por una sensación siempre presente de temor, de tal modo que simplemente se tiene «miedo al miedo», entrando así en un círculo vicioso.

Si te reconoces en estos síntomas de ansiedad, en NVAG Psicología podemos ayudarte.

En efecto, si reconoces en ti algunos de estos síntomas, si te has visto reflejado en lo que se ha descrito anteriormente, ya sea en unas pocas o muchas situaciones y circunstancias, es muy probable que necesites la ayuda de un profesional de la psicología, la ayuda que te podemos prestar en NVAG.

No eres ni mejor ni peor que nadie y no hay nada radicalmente malo en ti. Simplemente, tienes un problema que debe ser resuelto. Igual que cualquier persona «normal» ha de ponerse en manos de un profesional de la Sanidad y la Medicina para tratar una enfermedad o una incapacidad física, cualquiera de nosotros puede darse la libertad y el alivio de comprender que no hay nada intrínsicamente perverso en nosotros por sufrir trastornos de ansiedad, y que de un modo semejante, también podemos acudir a un profesional, en este caso de la psicología sanitaria, para que nos ayude a resolver el problema.

No estás solo, no eres un ser extraño al resto de los humanos, no eres alguien que no pueda llegar a tener una vida razonablemente normal, funcional, operativa, alguien capaz de desenvolverse sin miedos y de satisfacer sus necesidades personales… Eres alguien con un problema que le supera y que no puede resolver por sí mismo. Reconocer esto último no supone ningún menoscabo de tu dignidad ni de tu sano orgullo; al contrario, cuando buscas ayuda para solucionar tu problema has emprendido el camino del coraje, pues tienes la voluntad de mejorarte, ante ti y ante los demás. Puedes buscar a quien te ayude a resolver tu problema. Es en esto, en el resolver problemas y satisfacer sanas necesidades, en lo que se basa el intercambio de servicios profesionales y sociales entre los seres humanos, en un entorno civilizado. Puedes, por tanto, empezar a caminar por la senda correcta que enderece tu vida.

Si quieres saber cómo podemos ayudarte, en este o cualquier otro problema, puedes conocer