• Tratamientos NVAG Metas y Objetivos

Tratamiento para alcanzar metas y objetivos en Alcobendas

Metas y objetivos: tal vez sientas que no puedes alcanzar lo que te propusiste, que empiezas con ganas pero abandonas enseguida, que te sientes desmotivado, que estás confuso y ni siquiera sabes qué quieres… En este artículo leerás distintos aspectos básicos sobre metas y objetivos que te serán de mucha utilidad, pero es una buena decisión acudir a un profesional de la Psicología sanitaria, que puede servirte para que descubras lo que deseas de la vida y lo que te motiva para conseguirlo: decidir tus propios objetivos, cómo planificarlos, enfocarte en ellos y perseguirlos con persistencia y flexibilidad, hasta alcanzar el triunfo. En NVAG Psicología puedo ayudarte a conseguirlo.

La gran importancia de las metas y los objetivos

Todos tenemos algún objetivo o meta; normalmente son muchos, confusos o claros, bien de largo plazo (terminar unos estudios superiores), medio plazo (conseguir un aumento de sueldo) y corto plazo (ganar este partido con tu equipo). Aunque pienses que ya lo tienes todo, o que todo te da igual, ¡te aseguro que tienes metas y objetivos! Si quieres encontrar pareja, ser más popular e influyente, curarte de una enfermedad, adelgazar, dejar de ser tímido, ser más positivo y alegre, o mejorar aspectos de la sociedad o del mundo entero… Entonces ya tienes una, o más metas.

Los humanos estamos diseñados genética y evolutivamente para establecer y conseguir objetivos. Sin ellos la existencia no solo está vacía… es que ni siquiera se puede vivir. Incluso el monje budista que recibe limosnas tiene el objetivo de alcanzar un estado de paz, y ejecuta una acción disciplinada (la propia meditación) para conseguirlo.

Tus metas y objetivos pueden ser claros o confusos, incluso contradictorias. Un estudiante de piano puede practicar mucho porque es su vocación, pero un joven que estudia Derecho solo porque «tiene más salidas» cuando su pasión es la Filosofía, puede sentir malestar aun cuando se acerque a la meta. En un mundo sobrecargado de modelos, publicidad e información, podemos perdernos en un laberinto de metas y querer hoy algo y cambiarlo mañana. A veces sentimos preocupación y tristeza porque lo que antes nos motivaba ahora es insípido…

Las metas y objetivos son importantes, pero esta importancia es individual, subjetiva, y además puede cambiar con el tiempo.

Pero… ¿qué es una meta?

Todas las metas y objetivos tienen ciertas características comunes.

Para empezar, requieren de esfuerzo, trabajo o empeño. Beber un vaso de agua cuando estoy sediento no es una meta porque no me supone ningún esfuerzo, ni tampoco ver mi serie de televisión favorita. Las verdaderas metas siempre requieren de un mínimo esfuerzo (controlar mis estallidos de ira, obtener una nota media de notable, ganar una competición deportiva, ser un gran guitarrista…).

Las metas y objetivos surgen de una incongruencia percibida entre nuestra situación actual y una situación ideal. Si quieres estar delgado (situación ideal) pero en el espejo te ves con sobrepeso (situación actual), esta incongruencia entre ambas situaciones nos motiva, energiza y dirige. Una vez que la incongruencia ha desaparecido podemos decir que hemos alcanzado la meta. En tal caso sufriremos otra incongruencia, pues los humanos avanzamos y evolucionamos gracias a que tenemos un mínimo de objetivos que conseguir (o incongruencias que eliminar).

Las metas y objetivos, además, satisfacen necesidades universales para todos los seres humanos. Sobre esto nos extenderemos más adelante.

¿Cómo puedo obtener mayor motivación?

Para conseguir una meta u objetivo hay dos tipos de motivación: interna y externa. La motivación intrínseca o interna surge cuando obtenemos satisfacción del propio proceso de alcanzar a la meta (quieres ser un campeón de tenis y disfrutas cada entrenamiento y partido, aunque acabes agotado). La motivación extrínseca o externa aparece cuando la satisfacción no la da el proceso, sino los resultados, las recompensas que obtendré (quieres subir de categoría laboral aunque no te guste tu trabajo, por el aumento de sueldo). Ambas motivaciones a menudo están presentes y mezcladas (quieres ser una estrella de la música porque amas cantar y además eso te da gloria y riqueza).

Está demostrado que los mejores resultados se obtienen con la motivación intrínseca. Gracias a ella aumenta la intensidad y persistencia en el esfuerzo, la resistencia ante los fracasos temporales, la concentración y por supuesto el disfrute. Los trabajadores o estudiantes que tienen una fuerte motivación intrínseca aprenden más rápido, producen más beneficios y se sienten más optimistas y animados respecto a su futuro. Es muy importante que establezcas metas y objetivos acorde a tus valores, vocacionales, que te aporten satisfacciones durante el proceso. La mayor eficiencia se consigue precisamente cuando se disfruta lo que se hace, pues te gusta y apasiona.

Cuando la motivación es solo extrínseca, y aunque sea fuerte, es más posible que las personas rindan peor, se desanimen antes, sean menos optimistas y pierdan más la concentración. Por supuesto, son menos felices durante el proceso.

A veces no se puede tener una motivación intrínseca (tienes que pagar las facturas y debes seguir en un trabajo aburrido u odioso). Incluso entonces tienes que aumentar como sea tu motivación intrínseca. Por ejemplo, puedes tomar conciencia de lo bueno que te aporta tu trabajo (una seguridad económica para ti y para tu familia), o retarte a ti mismo (comprometerte a mantener la calma, pase lo que pase, en la oficina, o comprometerte a acabar antes las tareas diarias).

Tal vez esto suene algo cruel si no te gusta nada lo que haces, pero es muy importante, para tu salud emocional e incluso física, que te esfuerces por disfrutar lo más posible de lo que haces diariamente. Además, en tu tiempo libre puedes buscar actividades y aficiones con metas de motivación intrínseca (puedes sacar esos patines polvorientos e ir a patinar al parque, o retomar esos estudios de historia que dejaste a medias).

No serán tus metas ni objetivos, por sí mismos, los que te darán la felicidad, sino el tipo de motivación que te mueve a hacer lo que haces. Cuanta mayor motivación intrínseca tengas, más feliz serás.

Las metas y objetivos satisfacen tus necesidades

Cuando preguntas a las personas: ¿qué te gustaría tener o conseguir?, pueden contestar cosas como… ¡Ser millonario! Ahorrar para pagar la entrada del piso. Un empleo fijo. Trabajar en algo arriesgado y excitante! Un coche, o una moto, o un viaje a Brasil. ¡Ligar mucho y tener experiencias eróticas salvajes! Hablar con seguridad en público. ¡No suspender las Matemáticas! Que mi pareja me valore más. Que mis hijos no vivan las penurias económicas que yo pasé. Vivir un romance maravilloso. Encontrar alguien que me escuche y me entienda. No  envejecer solo. ¡Adelgazar y que no me apriete la falda que antes me quedaba bien! Que mis empleados me tengan más respeto y que obedezcan rápido. Ser el vendedor número uno de esta agencia. Terminar una maratón. Ser arquitecto/pintor/músico… y disfrutar con mi arte. ¡Ser famoso! Emprender y tener mi propio negocio…

Pero… ¿qué hay detrás del dinero, la fama, ese viaje a Brasil o el adelgazar para que entres en la falda? ¿Cuál es la esencia común a todas las metas y objetivos? Que todos satisfacen una o más necesidades vitales. ¿Y qué necesidades son esas?

Vamos a utilizar una jerarquía de necesidades bastante sencilla, pero sólida, teniendo en cuenta que puede ser ampliada, enriquecida y matizada.

Hay tres tipos de necesidades comunes a los seres humanos de cualquier sexo, raza y cultura, y en todo el planeta. Son necesidades físicas, psicológicas y sociales. Cada meta y objetivo que tienes ha de satisfacer al menos alguna de ellas, aunque a menudo satisfacen varias a la vez.

Las necesidades fisiológicas incumben a tu cuerpo, a impulsos biológicos y evolutivos, comunes en todos los humanos. Hay más, pero las tres principales son: hambre, sed y sexo. Todos necesitamos comer y beber para no morir, y aunque las relaciones sexuales no sean imprescindibles, sufrimos una pulsión sexual hacia individuos del sexo contrario, o del mismo si somos homosexuales o bisexuales. Las necesidades fisiológicas se pueden moderar (no suprimir) en cuanto a la sed y el hambre; sí resulta posible vivir sin deseo sexual, pero solo mediante mucho esfuerzo y disciplina. Aunque su base es biológica, el hambre, la sed y el sexo pueden resultar fuertemente condicionadas por las circunstancias ambientales. Así, comemos cada cierto número de horas solo por condicionamiento social; además, la ansiedad puede llevarnos a comer en exceso. No solo bebemos para hidratarnos, sino por placer (bebidas azucaradas) e incluso por adicción (alcohol). El sexo surge de una pulsión natural, pero hay muchos condicionamientos psicológicos y sociales que modulan el deseo y la atracción. Si tu objetivo es llegar a fin de mes con tu sueldo en gran parte es para que no te falte la comida en la nevera ni te corten el suministro de agua. Y si pasas horas en el gimnasio sudando, tal vez sea para aumentar tu atractivo sexual y facilitar relaciones íntimas con personas a las que deseas.

Las necesidades psicológicas no son físicas, sino generadas por creencias, ideas, valores y otros constructos del ámbito mental. Son: autonomía, competencia y afinidad. La autonomía marca tu grado de libertad, tu capacidad de elección sobre lo que quieres ser y hacer, sin que nada ni nadie te lo puedan impedir. Si tu meta es independizarte de tus padres sientes una fuerte necesidad de autonomía. La competencia tiene que ver con la maestría al realizar las tareas, la mejora continua, el saberte mejor y superarte cada día. Si eres un practicante de artes marciales que te esfuerzas para mejorar en cada entrenamiento y superar tus propios límites, tienes una fuerte necesidad de competencia. La afinidad te impulsa a buscar personas con las que poder comunicarte y entenderte, con las que sentirte conectado y ser «tú mismo», y que te aporten algo valioso. Por ejemplo, si quieres encontrar un grupo de debate con personas que tienen ideas parecidas a las tuyas, tienes una necesidad de afinidad.

Las necesidades sociales tienen su base más enraizada en los ambientes y relaciones de tu sociedad. Son: logro, afiliación, intimidad y poder. Para el logro tomamos modelos y estándares de excelencia externos que nos impulsan a mejorar nuestras marcas, desempeño, resultados y habilidades. No debe confundirse el logro con la necesidad psicológica de competencia, en la cual solo queremos mejorar respecto a nosotros mismos. El mismo practicante de artes marciales de antes tendría una necesidad de logro si quisiera ser el mejor atleta de su gimnasio (los estándares de excelencia serían externos, no internos). Los deportistas de élite, los altos cargos empresariales o los adolescentes que desean popularidad en clase suelen tener necesidad de logro. La afiliación nos impulsa a buscar compañía para no sentirnos solos. Si eres apocado, rechazas siempre el conflicto y tienes miedo al qué dirán porque crees que eso puede llevarlos a que no quieran estar contigo, o si temes envejecer solo, tienes una alta necesidad de afiliación. La necesidad de intimidad tiene que ver con conseguir y mantener relaciones cálidas y cariñosas, recibir y dar amor y sentirse muy cerca de las personas que queremos. Si buscas una pareja con la que vivir un hermoso romance sientes esa necesidad de intimidad. Y no se refiere solo a las relaciones íntimas de pareja, sino también a la búsqueda de «amigos del alma» con los que sentirte muy unido. La necesidad de poder te dicta imponer tu voluntad, decisiones e ideas sobre los otros. Puede hacerse de manera violenta (el «niño pegón» o el líder de una pandilla de delincuentes juveniles), pero también adopta modos sutiles: si conoces a alguien que parece dejarse el alma en cada discusión y que te ataca con sus comentarios cuando no le llevas la corriente, ahí está la necesidad de poder. También lo está en algunos youtubers o líderes intelectuales que quieren influir en la mayor cantidad posible de personas. La necesidad de poder resulta evidente en los líderes políticos, y en todos los partidos.

Debe aclararse que ninguna de estas necesidades básicas es necesariamente mala. Todas tienen componentes necesarios para desarrollarnos en nuestra relación con nosotros mismos y con los demás.

Descubre tus necesidades en tus metas y objetivos

Una vez conocidas las principales necesidades: fisiológicas (hambre, sed y sexo), psicológicas (afinidad, competencia y autonomía) y sociales (logro, afiliación, intimidad y poder), puedes identificarlas en las metas y objetivos de los demás y de ti mismo. El opositor estudia movido quizás por una necesidad de autonomía (seguridad económica), y si además oposita para que a su familia no le falte el sustento (hambre y sed), habrá afinidad e intimidad. Una abogada que desea llegar a lo más alto puede estar movida por necesidades de logro para superar a los demás, de competencia si desea ser más hábil en su trabajo, afinidad si disfruta con sus compañeros y poder si quiere controlar a un equipo de subordinados.

Dedica unos momentos a pensar… En tus metas y objetivos laborales, sentimentales, de ocio, de relaciones con los demás… ¿cuáles de las necesidades ya vistas, u otras que puedan ocurrírsete, quedan cubiertas? ¿Merece la pena el costo de trabajar por ellas? Si la respuesta es positiva, ¡adelante! Si no, tal vez debas clarificarlo todo, y en ese caso la ayuda de un profesional de la psicología sanitaria puede ayudarte en el proceso.

¿Qué tipos de metas y objetivos son mejores para ti?

Los estudios en cuanto a la eficacia arrojan un resultado claro: las mejores metas y objetivos tienen algo en común: son difíciles y específicas.

Si la dificultad es demasiado baja (correr tres kilómetros en media hora cuando tu marca está en cinco) simplemente aburre y provoca indiferencia. Y si es demasiado difícil (correr doce kilómetros en media hora) nos desanimará y ni siquiera empezaremos. Necesitamos un nivel de dificultad lo bastante grande como para exigirnos un esfuerzo alto, pero razonable. Las metas y objetivos difíciles te energizan y activan, te obligan a dar más de ti.

Pero además, la meta debe ser específica. La especificidad marca la dirección en la que te debes mover, pone un punto final a tu meta, le da nombre y apellidos. Fíjate en estos dos objetivos:

1) Quitarme toda la grasa que me sobra de mi gordo cuerpo.

2) Perder diez kilos, a razón de 250 gramos de pérdida de peso semanales, en un plazo de 40 semanas.

Si crees que el segundo es demasiado difícil y complicado, te aseguro que no alcanzarás tampoco el primero. La falta de especificidad en las metas suele esconder una falta de motivación; nos engañamos deseando cosas inespecíficas y nos repetimos: «bueno, algún día lo conseguiré». Desengáñate: nunca lo conseguirás a menos que especifiques tu meta. Eso te permitirá comprometerte con ella.

Procura que tus metas y objetivos sean difíciles y específicos. La dificultad proporciona la fuerza motriz que mueve el barco y la especificidad es la brújula y la carta marina. Si te falta cualquiera de los dos, el barco seguirá flotando en medio del mar o dando vueltas, sin llegar al puerto deseado.

Planificar es la clave para triunfar

Imagina tu meta como un edificio que vas a construir. Primero tendrás que hacer los planos, ¿no? Porque si no los tienes y pones ladrillos aquí y allá, levantas una viga por ahí y no pones cuidado con la fontanería… Tu casa se va a derrumbar al menor problema. Esto es lo que suele ocurrir con las metas. Si no trabajas bien en su arquitectura, el edificio no sirve para nada. A la larga habrás tirado mucho tiempo y esfuerzo solo por no planificar.

Porque es aquí donde falla la mayoría de la gente: en planificar. Nadie quiere planificar. La mayoría se lanzan con energía sin tener muy claro cómo hacerlo en cada una de sus etapas, confían en la improvisación, el genio, la intuición, etc. Y el resultado suele ser decepcionante y frustrante.

Además de elegir una meta acorde a tus necesidades y que sea difícil y específica, debes planificar.

Debes ponerte un tiempo límite y apuntar todas las etapas, submetas y pequeños objetivos. Si no planificas nada te auguro una explosión inicial de energía y luego un desplome al menor contratiempo. La planificación es la llave del éxito en tus metas. Cuanto más planificas más cerca estás de tu objetivo. Una buena planificación a veces equivale al 50% del camino. Planificar puede parecer un trabajo pesado, pero nadie dijo que conseguir metas fuera propio de perezosos. No se puede obtener todo lo que deseas con solo chasquear los dedos.

Ejemplos de metas vagas y sin planificación que posiblemente acaben en nada son:

1) Quiero ser menos tímido.

2) Quiero ganar más dinero en mi negocio.

3) Quiero divertirme más en mi vida.

Mejor sería plantear los objetivos así:

1) Quiero relacionarme con facilidad con la gente de mi oficina en lugar de quedarme solo, hasta hablar con todos con decisión y sin miedo, en un plazo de un mes a partir de ahora.

2) Quiero incrementar un 5% el beneficio neto de mi negocio en el plazo de tres meses.

3) Voy a llevar un diario y cada noche apuntaré todos los «momentos buenos» y «los momentos malos» del día. En cinco semanas voy a conseguir que el número de momentos buenos sean el doble que el de los malos.

Has cuantificado tus metas, tanto en el objetivo como en el tiempo estimado. El solo hecho de definirlas tanto y empezar a planificarlas… ¡motiva el doble!

Ahora debe hacerse una implementación del proceso, estableciendo modos de actuación y estrategias precisas.

1) Para dejar de ser tímido no voy a almorzar solo, como hasta ahora; todos los días bajaré al restaurante para almorzar con la gente de la oficina y me obligaré a no quedarme callado, a dar mis opiniones sobre cualquier tema, sin importarme el caer bien o mal. Seré siempre educado, pero firme.

2) Para aumentar un 5% de beneficios en mi negocio aumentaré la calidad en el servicio para atraer a más clientela, evaluaré con mi gestor cómo recortar gastos innecesarios y estudiaré durante una hora al día marketing y publicidad. Para cada cosa estableceré además un pequeño plan de acción.

3) Para aumentar el número de momentos buenos, me comprometo a dedicar una hora al día a leer mis libros favoritos, volveré a correr para sentirme sana y en forma, retomaré mis clases de yoga, voy a cambiar mi aspecto para sentirme más «yo misma» y volveré a llamar a mis amigas, con las que me solía echar unas buenas risas. ¡Y si se me ocurren más actividades de «momento bueno» las pondré en práctica sin dudarlo!

Pero como dicen los militares, todos los planes son perfectos… hasta que empiezan los cañonazos. No dudes que habrá contratiempos, imprevistos, obstáculos, inconvenientes, distracciones, fallos y recaídas y muchas otras cosas que no estaban en tu maravillosa planificación. Debes ser realista y contar con un margen razonable de pequeños fracasos, e implementar la forma de seguir adelante. Puedes comprometerte a no echar por la borda toda la dieta si algún día no resististe la tentación de comerte los bombones, para continuar al día siguiente a pesar de todo. O crear un fondo de contingencias por si tu plan de inversiones no es todo lo bueno y rápido que esperas. También debes ser flexible porque los planes suelen necesitar modificaciones cuando se enfrentan con la realidad: no podemos preverlo todo.

La importancia de la realimentación

Sobre todo en metas y objetivos a largo plazo, que llevan años, es conveniente contar con mecanismos de realimentación: metas más pequeñas, evaluaciones o autoevaluaciones, y sistemas de recompensa. Te ayudarán a saber si vas por el buen camino y te darán más energías; o podrás ver si hay cosas que debes volver a planificar, o mejorar. Es conveniente llevar un diario sobre cómo está sucediendo el proceso; en los momentos bajos puedes mirar cómo estabas hace un mes, o seis, y darte cuenta de lo mucho que has avanzado, y sentirte orgulloso y motivado.

No tires la toalla ni te rindas si las cosas no salen exactamente como quieres, y a la primera. No lo abandones todo por un error o una recaída. Mira la tendencia: si la tendencia es al alza y positiva, aunque haya pequeños bajones lo estás haciendo muy bien.

Por lo general, conseguir el triunfo requiere persistir con mente firme pero flexible, hasta lograrlo. Como dicen los boxeadores: la victoria se basa en un veinte por ciento de talento y un ochenta por ciento de aliento. Los grandes triunfadores en los deportes, los negocios o cualquier otro ámbito suelen estar de acuerdo en una cosa: superar los malos momentos y continuar adelante con tenacidad suele llevar tarde o temprano al éxito.

Tras todo lo leído, puedes pensar que eres capaz de conseguir tus metas preciadas; tienes recursos poderosos a tu disposición para hacerlo. Pero es importante conocerlos y saber ponerlos en práctica. Vivimos una época de engañosas gratificaciones inmediatas que no cubren en realidad nuestras necesidades. Vivir sin objetivos, sin enfrentarte a miedos ni retos, no trabajar duro por algo que tenga sentido y valor para ti, en realidad puede conducirte a una vida vacía y dolorosa.

No obstante, en momentos de confusión y decepción puede ser difícil poner en práctica todo esto. Una buena solución es buscar la ayuda profesional de un Psicólogo Sanitario, que esté contigo para clarificar tus auténticas necesidades, metas y objetivos, aquello que te mueve de veras, lo que te apasiona y por lo que estás dispuesto a luchar. Un buen Psicólogo Sanitario puede ayudarte también a planificar la mejor manera de conseguirlo, disfrutando lo más posible en el proceso. En NVAG Psicología estaré encantada de escucharte y pondré todo mi saber y energías a tu servicio. Porque para mí tu crecimiento y satisfacción personales son mi objetivo y mi meta.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, en este o cualquier otro problema, puedes conocer

Cómo trabajo

Bibliografía y fuentes:

Locke, E. A. (1996). Motivation through conscious goal setting. Applied and Preventive Psychology, 5, 117-124.

Ormrod, J. E. (2005). Aprendizaje humano (4ª ed.). Madrid: Pearson Prentice Hall.

Tubbs, M. E. (1986). Goal setting: A meta-analytic examination of the empirical evidence. Journal of Applied Psychology, 71, 471-483