Tratamiento para superar problemas emocionales en Alcobendas

¿Quién no se ha sentido alguna vez atrapado y arrastrado por sus emociones? Ira, tristeza, miedo, repugnancia, alegría, vergüenza, compasión, orgullo, indignación, depresión, angustia, euforia, animadversión… Esto es un verdadero océano de emociones más o menos complejas que debemos navegar cada día. A continuación voy a hablarte de tus emociones: qué son, qué las causan, si las hay buenas o malas, cuántas emociones hay, tus estados de ánimo y por supuesto, qué son y por qué se producen tus problemas emocionales.

Es posible que tus emociones te hagan sufrir en exceso, o que no las puedas controlar, o que quieras sentir lo que no puedes sentir, o incluso que no entiendas por qué te sientes del modo como te sientes y experimentes confusión. Ante problemas de este tipo es bueno pedir la ayuda de un profesional de la Psicología Sanitaria y en NVAG Psicología estaré encantada de escucharte, analizar junto a ti lo que sientes y ayudarte a resolver tus problemas emocionales. Ahora voy a explicarte muchas cosas interesantes sobre esas compañeras que estarán siempre a tu lado en el viaje de tu vida, para que las conozcas mejor: ¡las emociones! ¡Allá vamos!

Todos sentimos emociones

De un modo experiencial, uno sabe que siente emociones. Solo un muerto podría dejar de sentirlas; nadie está al margen de las emociones y ni siquiera las personas que consideras más frías o apagadas pueden prescindir de las emociones. Sabes que ante una injusticia evidente sientes enojo, que si ves el cadáver de un animal sientes asco, que si a tu bicicleta no le funcionan los frenos y estás lanzado cuesta abajo sufres miedo, que si has perdido a una persona amada estás triste, o que si apruebas esa oposición que tanto te ha costado estudiar experimentas una explosión de alegría… En efecto, nuestro cuerpo y nuestra mente nos informan de que experimentamos algo llamado emociones. Pero también la relación con los demás nos lo demuestra (si gritas con ira a una persona lo más probable es que te responda también con ira o que sienta miedo, lo cual le da una dimensión social a tus emociones). Además, la emoción nos prepara para la acción (si oyes ruidos nocturnos en tu casa el miedo te impulsa a huir o a llamar a la policía).

Sabemos que todos tenemos emociones, sí, pero… ¿qué son exactamente las emociones?

¿Qué son las emociones?

Aunque siempre hay matices entre las distintas ramas de la psicología de la emoción, se admite que la emoción es una construcción psicológica de origen biológico y/o intelectual, que nuestro ser implementa para hacer frente a un hecho significativo de nuestra vida, de una manera ordenada y siguiendo un patrón que es común a todos los seres humanos. Por ejemplo, tal vez una emoción compleja como el orgullo pueda tener su origen experiencial distinto según la cultura (la razón de sentirse orgulloso de un antiguo espartano no será la misma que la de un médico que salva vidas… Pero la percepción física y las sensaciones básicas generadas por el orgullo en uno y otro pueden ser parecidas).

Las emociones agrupan e integran cuatro aspectos:

1) uno subjetivo o sentimental (si me toca el gordo de la lotería tengo un sentimiento propio y subjetivo de alegría que experimento yo mismo, de forma personal),

2) una activación biológica (me ha tocado la lotería y mi cara automáticamente compone una expresión universal de regocijo, mi ritmo cardiaco se acelera, puedo reírme y levantar los brazos, bailar…)

3) una intención para llevar a cabo acciones (o no hacer nada), hacia objetivos que considero valiosos (empiezo a hacer planes con el dinero que ganaré en la lotería: un viaje a Hawái o comprarme una Harley Davidson de color rosa).

4) un componente social que afecta a los otros seres humanos, de carácter comunicativo y tal vez activo (mi expresión de alegría informa a los demás que tocarme la lotería es algo bueno para mí, y entonces mi hijo mayor aprovecha mi alegría para pedirme que le compre a él también su Harley Davidson, a pesar de haber suspendido cinco asignaturas).

La emoción, integra y hace encajar esos cuatro ámbitos: te permite sentir de manera subjetiva, te activa físicamente, te impulsa para reaccionar acorde a objetivos y comunica a los demás acerca de todos los otros aspectos anteriores, para que podáis interactuar de la mejor manera posible.

Cabe decir además que las emociones son intensas y suelen ser de corta duración (aunque sus efectos pueden persistir y favorecer un estado de ánimo emocional más largo, cosa de la que te hablaré más tarde).

Además, las emociones tienen un componente evolutivo y adaptativo. Son eficaces y necesarias. Nuestros antepasados lejanos las desarrollaron para hacer frente a un entorno difícil y les permitieron sobrevivir.

¿Dónde se crean tus emociones? ¿En el corazón o en la cabeza?

Ahora que le hemos puesto una definición a tus queridas amigas las emociones, surge el eterno debate: ¿la emoción se vive o se piensa? Es decir, ¿el origen de la emoción es fisiológico o intelectual?

Los expertos que apoyan el origen físico defienden que las emociones surgen de manera automática debido a nuestra programación genética y que la razón, la lógica y otros procesos mentales no tienen nada que ver. Seríamos como robots con un conjunto estereotipado de respuestas emocionales que vendrían de serie al nacer. Si a Jaimito le empuja otro niño, Jaimito o sale corriendo (miedo) o responde con otra agresión (ira), y esto ocurre en todas las culturas y pueblos. En todo el planeta los bebés humanos que aún no han desarrollado su capacidad racional responden con alegría cuando se juega con ellos y se les sonríe y habla con voz infantil, y muestran interés ante objetos grandes, brillantes y coloridos; además, todos ofrecen las mismas expresiones faciales. Esto avalaría la teoría biológica de las emociones.

Pero… ¿qué ocurre con algunas emociones de carácter más social y complicado? ¿Por qué, si tenemos un parecido sistema nervioso, dos personas de la misma sociedad, incluso de la misma familia, pueden sentir respectivamente comodidad o vergüenza, o satisfacción o indignación, ante un mismo hecho? Aquí entrarían en juego patrones culturales, racionales, ideológicos y subjetivos que no son estrictamente físicos. Los defensores de las emociones intelectuales sostienen que primero nuestra mente debe procesar las experiencias, como un ordenador, y en función de su software dar luego la respuesta correcta: la emoción en sí misma.

No obstante, la opción más completa y tal vez correcta sería la que integra ambos sistemas. Por ejemplo, contamos con una respuesta emocional universal genética ante un cadáver humano: repugnancia. Pero un médico forense, a través del estudio del cuerpo y de su experiencia profesional, puede atenuar la aversión e incluso mostrar un interés profesional que le lleve a estudiar con placer los cadáveres. Aunque tenemos una base física y biológica para la mayoría de las emociones básicas, podemos modularlas a través de procesos mentales gracias a nuestros conocimientos, creencias y experiencias. Los dos sistemas están compenetrados y cada uno actúa sobre el otro a lo largo de toda tu vida.

¿Cuántas emociones hay?

Puedes sentir, y de hecho vas a sentir, muchas y variadas emociones, algunas sencillas y otras muy complejas. Van desde la euforia y el entusiasmo a la melancolía o la tristeza, o desde el interés y la alegría a la ira, el enojo o el temor, la angustia o incluso el terror y el pánico… Existen emociones básicas como el miedo y emociones más sociales y complejas, como la alienación, el agravio, el cariño o la compasión.

No obstante, se acepta que existen cinco emociones básicas para todos los seres humanos, y además cada una se corresponde con patrones de gesticulación facial que se repiten en todo el mundo. Son: enojo, temor, asco, alegría y tristeza.

El enojo surge de la convicción de que las cosas no te están sucediendo como debieran y puede provenir de restricciones que sufres y con las que no estás de acuerdo, falta de libertad, rechazo, traición, injusticia, molestias o críticas. Los ataques físicos o verbales suelen crear enojo. El enojo siempre activa tus niveles de energía y conduce fácilmente a la acción. El enojo es difícil de controlar, sobre todo si deriva en rabia, ira o furia, y puede llevarte a hacerle daño a otras personas o a objetos, o a ti mismo, y después a la vergüenza y al arrepentimiento y la tristeza.

El temor surge de interpretar una situación como peligrosa para ti. Esta amenaza puede ser física (posibles ataques de personas, caídas desde alturas, aumento de velocidad en vehículos, desastres naturales, etc.) o una amenaza psicológica (crisis económicas, vergüenza ante los demás, timidez, inseguridad, separación de tu pareja sentimental, etc.). El temor crea y a la vez proviene de una sensación de vulnerabilidad. Puede promover la acción de huida o bien puede inmovilizar por completo.

El asco promueve el alejamiento de objetos y sustancias físicas (comida descompuesta, carne podrida, excrementos, aguas estancadas, obesidad mórbida o delgadez extrema, contaminación y polución, suciedad, gusanos, insectos, reptiles…), pero también el asco puede tener origen moral o ético (pederastia, corrupción política, traición, lenguaje o comportamientos obscenos…). Todo lo que te asquea lo sientes no solo como ajeno (la cercanía continuada disminuye el asco), sino sobre todo muy desagradable, algo insoportable para tus sentidos físicos o tu sistema de valores.

La tristeza produce un sufrimiento sordo o agudo. Proviene de separaciones y pérdidas (pérdida de la salud o la juventud, de un ser amado, del empleo y de objetos entrañables, roturas de pareja y divorcios, marcha de los hijos del hogar…), y también de una sensación de fracaso (estar en situación de paro laboral, no aprobar una oposición, no pasar unas pruebas físicas o psicológicas importantes, no rendir bien o dar la talla en el trabajo o la escuela, sentirse incapaz de ligar o tener pareja estable…). Al contrario que la ira, la tristeza suele desactivar físicamente al individuo, sus energías menguan y le falta el ímpetu habitual.

La alegría proviene de circunstancias o interpretaciones totalmente contrarias a la tristeza: éxitos, triunfos, ganancia de dinero, relaciones satisfactorias, recibimiento de gratificación y amor por parte de los demás… También al contrario que la tristeza, la alegría provoca una subida en los niveles de energía: cuando estás muy alegre será casi imposible que te quedes quieto y ríes, agitas los puños, levantas los brazos, sientes ganas de saltar y correr… La reacción física de alegría más clara la encontrarás en los hinchas de fútbol, cuando su equipo marca un gol. La alegría acerca físicamente a las personas, que se abrazan con fuerza, se besan en la boca o las mejillas, se estrechan las manos con fuerza, se dan palmadas en espalda y hombros e incluso bailan.

Muchas de las emociones que sentimos parten de una misma familia de emociones en cuya cúspide está una emoción básica. Así, la familia del enojo contendría: rabia, indignación, hostilidad, desprecio, frustración, irritación, hosquedad… La familia de la tristeza: desesperación, desánimo, infelicidad, agonía, desconsuelo, humillación, soledad, melancolía, decepción, consternación, culpa, arrepentimiento… La familia del temor: ansiedad, nerviosismo, terror, pánico, zozobra, preocupación, conmoción, susto, histeria, aprehensión… La familia del asco: rechazo, aversión, repugnancia, horror, disgusto, incredulidad… La familia de la alegría: placer, entusiasmo, arrebato, diversión, encanto, contento, éxtasis, euforia, orgullo, alivio, esperanza, optimismo…

¿Hay emociones buenas o malas?

Antes dije que las emociones tienen un valor evolutivo y adaptativo y que ayudan al individuo a vivir mejor… ¡Alto!, estarás pensando; ¿me estás diciendo que la tristeza y el miedo son buenos y necesarios en mi vida?

La respuesta es: sí, en su justa medida. Todas las emociones tienen funciones necesarias para ti, incluso las negativas, como el miedo, el asco o la tristeza. Veamos esas funciones:

Miedo: te impulsa a alejarte o esconderte de algo peligroso y fomenta la prudencia, la cautela, el recelo y la desconfianza, cualidades muy necesarias. El miedo también puede impulsarte a actuar para mejorar tu vida y tus condiciones (el temor a un suspenso o a la pérdida del empleo puede impulsarte a trabajar o estudiar más). Un sano temor te ha permitido, a ti y a todos nuestros ancestros conservar la vida evitando aquello que podría incluso quitársela.

Asco: la función del asco es el alejamiento. El asco impone distancia respecto a todo lo malsano o insalubre: comida podrida, leche cortada, alimentos en mal estado, contaminación y polución, aguas estancadas o fecales… Es la manera automática que tiene tu cuerpo de decirte: ¡Ni se te ocurra tocar eso, y mucho menos comértelo! Esto ha permitido a la humanidad evitar un inmenso abanico de infecciones y malestares físicos. Además, la repugnancia moral o ética ante ciertos comportamientos nos informa sobre vicios y actitudes malévolas o erradas, nocivas para ti y para el conjunto de la sociedad.

Tristeza: desactiva tus energías porque tu ser las necesita para absorber y gestionar el golpe que ha sufrido. La tristeza te dicta quedarte quieto y no hacer nada para soportar el impacto de la pérdida o el fracaso. Si continuaras muy activo el golpe podría afectar a tu desempeño y eficacia. Además, la tristeza te permite sentir ese dolor hasta quemarlo, para que no se enquiste dentro de ti. Por ello en los velatorios y entierros está bien visto el llanto y las expresiones de dolor, porque debes soltar toda esa carga emocional cuanto antes y limpiarte de ella. La previsión de una futura tristeza puede hacerte actuar para evitar las situaciones que la generen. La tristeza puede tener un efecto social positivo: arropar y consolar a las personas que sufren, tratar de que se sientan mejor y prestarles nuestro apoyo. Esto ayuda a fortalecer los lazos entre amigos, familiares o miembros de un equipo o colectivo.

Enojo: al contrario que la anterior, el enojo activa y energiza para cambiar una situación desagradable mediante la acción. Defenderte de una agresión física o verbal, poner límites a los que se aprovechan de ti, luchar contra las injusticias y ayudar a los agraviados… Todo ello puede tener un efecto positivo para tu vida y la de otras personas. El enojo también energiza para superar obstáculos, desafíos y miedos. Puede aumentar la sensación de control sobre circunstancias aversivas. Un entrenador puede con su enojo transmitir a sus jugadores que deben echarle más ganas para vencer a sus adversarios. Tras una derrota el enojo con uno mismo puede obligarle a concentrarse y trabajar más.

Alegría: te informa a ti y a los demás de aquello que es agradable, bueno, satisfactorio, placentero y conveniente. La sensación subjetiva de alegría pone una etiqueta positiva a entornos y situaciones que te hacen sentir bien y ello promueve la afinidad física, sentimental, sexual, política o intelectual con las personas apropiadas para ti. Imaginar la alegría de triunfar, ganar, obtener mejores calificaciones, más dinero…, ofrece una dirección y un impulso a las acciones de tu vida. Nuestras expectativas sobre la alegría y la felicidad marcan el camino por el que nos movemos en la vida.

¿Qué diferencia hay entre las emociones y el estado de ánimo?

Tus emociones suelen ser intensas y reconocibles y suelen durar poco tiempo. Recuerda el susto que te diste al ver la película de terror, el dolor agudo por tu mascota muerta o la alegría de ganar ese campeonato de tenis… En general no duraron demasiado tiempo, o al menos no deberían haber durado mucho. En cambio, un estado de ánimo o emocional dura mucho y con frecuencia no sabes muy bien por qué se produce. Así, un estado continuo de preocupación no puede mantenerse en un pico de terror constante y un estado de optimismo tampoco puede tenerte todo el día haciendo cabriolas y soltando carcajadas. Un estado emocional es algo distinto a las propias emociones, aunque la repetición de una misma emoción puede generarlo (si una persona vive en un barrio peligroso y ha sido atracada dos veces con sendos picos de estrés, sentirá un temor continuo aunque soportable). A veces no entendemos por qué somos presa de nuestros estados de ánimo (la melancolía puede ser vaga y confusa, o sientes una aversión tenue hacia el entorno laboral o hacia la sociedad en su conjunto, sin tener la razón clara). Por ello es conveniente diferenciar la emoción pura y transitoria del estado emocional o el estado de ánimo, al cual solemos tildar de positivo o negativo, sin un análisis profundo. Cuando hablamos de encontrar la felicidad nos referimos a tener un largo estado emocional de dicha, optimismo, alta autoestima y bajo nivel de estrés…, no a sentir segundo a segundo la emoción pura e intensa de la alegría.

¿Qué son los problemas emocionales? ¿A qué se deben?

Ya que todas las emociones básicas, y muchas otras, son no solo eficaces sino también inevitables… ¿Por qué sientes que tienes un problema con tus emociones?

El problema con tus emociones surge básicamente de tres supuestos:

Incapacidad de experimentar emociones: sentirlas poco o no sentirlas cuando naturalmente debieras.

Exceso o exageración al sentir tus emociones, el no poder desprenderte de ellas.

Confusión respecto a tus propias emociones: no querer sentirlas, no reconocerlas, no saber qué emociones estás experimentando, ni por qué.

Primer supuesto: la incapacidad de sentir emociones. Quizá tengas creencias o valores rígidos, tal vez inculcados en la infancia, que te lleven a reprimir tus emociones. También puedes haber vivido acontecimientos traumáticos que provocan esa represión de emociones naturales (ver Tratamientos: Trauma). Puedes tener tanto miedo de tus emociones que las retengas y trates de ahogarlas. O puede haber otras razones que te lleven a controlar, atar, encerrar, enterrar y acallar emociones necesarias para conseguir una vida satisfactoria y digna. Ejemplos:

Los hombres no deben llorar ni mostrar debilidad. Eso puede conducir a un exceso de sufrimiento reprimido que debe ser expulsado para dejar paso a emociones más positivas.

Si te han educado para evitar siempre el conflicto, ser amable, buscar la paz y el consenso, tal vez sientas que los demás se aprovechan de ti y que te cuesta poner límites. Puede que sea hora de que te permitas sentir una buena ración de enojo y empieces a decirle a los demás la siguiente palabra mágica: ¡No!

En la sociedad de la gratificación inmediata y del esfuerzo nulo algunos aconsejan convertirte en un policía de tu propia mente, para pensar siempre en positivo y evitar todas las emociones negativas. Una ración sana de positivismo es imprescindible, pero tampoco podemos hacer el avestruz ante lo malo del mundo; no podemos ahogar nuestra capacidad crítica ni dejar de sentir tristeza, ira o repugnancia ante los malos comportamientos y actitudes. Reprimir todo esto puede convertirse en un problema emocional.

Cuando se sufre una gran pérdida (de seres queridos, juventud, salud, laboral, etc.…) es necesario realizar un duelo completo con todas sus fases y no darle a estas personas consejos del tipo: No te preocupes, todo pasará, Ahora concéntrate en ser feliz, Sonríe y ya verás cómo todo va mejor, que no ayudan en nada. Un duelo produce una cantidad razonable de dolor y debe ser atravesado y superado. No podemos evitarlo ni reprimirlo (ver Tratamientos: Duelo).

Un defecto para sentir miedo puede llevarte a no evaluar bien los riesgos de tus actos y conducirte a inversiones que te empobrezcan, malas decisiones laborales e incluso problemas con la ley.

Si no experimentas asco ante ciertas sustancias puedes sufrir infecciones o enfermedades. Y si no sientes ninguna aversión moral hacia ciertas conductas malvadas y reprobables puedes caer en una indiferencia ética nada buena a la larga, ni para ti ni para los demás.

El segundo tipo de problema emocional es el de la exageración, la multiplicación y la pervivencia de emociones cuando estas ya han cumplido su función y no resultan necesarias.

Algunas personas exhiben una tristeza y desesperanza mórbidas, se esfuerzan en ver solo lo negativo y le quitan la energía a todo el que se acercan… Si se repite demasiado este patrón puede crearse un hábito que dure toda la vida y lleve a la persona a un círculo vicioso de miseria y tristeza que se alimenta de sí mismo.

Además, exhibir tristeza y dolor trae a veces recompensas encubiertas. El enfermo o el anciano que de continuo se quejan de sus achaques y su malestar suele recibir una cantidad extra de apoyo y amor… lo cual puede llevarle consciente o inconscientemente a no encarar sus problemas como una persona responsable que debe ocuparse de su propia vida (dentro de sus limitaciones), para que otros se ocupen de él. Incluso puede alimentar chantajes morales del tipo: Mira cómo estoy… ¡tú ya no me quieres!  o ¿Cómo puedes decirme eso cuando me siento tan mal? A veces la manipulación llega al extremo de que el chantajista moral de veras sufre y se autoconvence de que los demás tienen la culpa y por tanto la responsabilidad de complacerle. De tal modo, el problema emocional no solo es del chantajista, sino también de su víctima, al sentirse siempre en deuda y culpable.

Por supuesto, el exceso de tristeza puede conducir a la depresión (ver Tratamientos: Depresión y Tristeza).

Las personas que se esfuerzan por sentir una alegría y felicidad excesivas, que siempre están sonriendo sin necesidad y no parecen tener problemas, tal vez están exagerando sus emociones positivas. Las redes sociales de internet producen una gratificación rápida y espontánea e impulsan a ciertas personas a exhibir el amor que sienten por sus familiares y amigos, lo maravillosa que es su vida, lo bien que lucen y se sienten o lo magníficos que son sus viajes… Esto puede conducir a una adicción malsana, una necesidad de gustar y de ser referentes. Al final ya no actúa como la persona que es, sino como su propio personaje, acorde a la función y no a su propia realidad y necesidades.

El asco excesivo puede producir fobias que deben ser tratadas con seriedad, o aversiones irracionales a insectos, roedores u otros animales. La repugnancia exagerada hacia la suciedad puede desarrollar una obsesión por la higiene y la limpieza que quizá te lleven a comportamientos de compulsión (ver Tratamientos: obsesiones y compulsiones).

El miedo en exceso genera timidez, inseguridad e introversión, rumiación morbosa sobre todo lo malo que te puede ocurrir, a inmovilidad y estancamiento. Todo esto conduce a la inacción y a una vida con carencias en la relación con los demás. Los temores infundados pueden también producir obsesiones, hipocondrías, problemas para conciliar el sueño, un estrés continuo y un estado de ansiedad (ver Tratamientos: ansiedad).

Un exceso de enojo se transforma en irritación y frustración, en rabia que genera estallidos, encontronazos y discusiones agrias e inútiles con los demás. Puede desembocar en episodios de violencia física contra personas cercanas (maltrato en la familia, bullying, acoso…). Los ataques de ira y furia hacen perder el control sobre tus palabras y actos y puedes dañar a tus personas más queridas.

El tercer supuesto de los problemas emocionales corresponde a la confusión en cuanto a qué es lo que sientes, de dónde proviene y por qué. Esto también incumbe a todas las emociones.

Puede que no entiendas por qué sientes tanta ira, o tristeza, o miedo, o por qué todo te da asco, y de dónde sale esa marea de emociones que te arrastran sin que tú puedas evitarlo. También puede que se produzcan reacciones emocionales ilógicas o a destiempo: que rías y estés eufórico ante los demás aunque en el fondo te sientas triste; que desees ser más firme y mostrar enojo pero no entiendas por qué en cambio muestras miedo, cobardía e indefensión… Puede que no sepas cómo controlar tus emociones cuando estas se disparan. Quizá no entiendes por qué determinadas cosas te hacen sentir de este modo o de otro, o por qué te comportas con ciertas personas de un modo totalmente distinto a como quieres hacerlo… Es posible que te sientas culpable por sentir alegría cuando alguien cercano a ti ha muerto o se ha ido… Y es posible que no sepas por qué no sientes nada hacia ciertas cosas o personas, mientras que otros asuntos en apariencia banales te irritan o entristecen.

Hay muchos tipos de problemas emocionales basados en esos tres supuestos: defecto, exceso y confusión. Solo con este esquema se abarcaría un campo amplísimo porque las emociones, cuando generan problemas, no suelen ser impermeables entre sí, y se interrelacionan en un caos que debe ser sometido al orden en la terapia. No hay un manual rígido para tratarlas, pero la Psicología sanitaria me ofrece las herramientas precisas para hacer un buen trabajo junto a ti y así traer la comprensión, la paz y la satisfacción a tu vida; para ayudarte a entender y manejar tu mundo emocional; para que lo disfrutes en su justa medida.

Mi filosofía es que no hay dos pacientes iguales y tampoco hay dos emociones iguales incluso en cada paciente. Cada persona es un universo en sí mismo, y necesita un tratamiento, un enfoque y una estrategia hecha a la medida. Por ello la terapia es individual y se diseña para cada persona, atendiendo a sus propias necesidades y características.

Si sospechas o crees que tienes problemas con tus emociones, o si sufres algún otro problema psicológico, una buena opción es acudir a un psicólogo sanitario. En NVAG Psicología estaré encantada de atenderte, escucharte con atención y recorrer junto a ti el camino terapéutico que te puede llevar a una vida con más sentido y satisfacción personal.

Si quieres saber cómo puedo ayudarte, en este o cualquier otro problema, puedes conocer