Terapia de duelo en Alcobendas

Es posible que hayas perdido a una persona a la que amabas o al menos con la cual has tenido mucho trato y que no puedas continuar con tu vida normal, sintiendo que esa herida no se cierra, por mucho tiempo que haya pasado. O puede que hayas perdido un empleo que te hiciera sentirte eficaz y seguro de ti mismo, y ahora te sientas confuso y desubicado, incapaz de sobrellevar la nueva situación. También es posible que te veas cada día más mayor, menos atractivo y ágil, que las arrugas, la calvicie y otros indicadores de la pérdida de la juventud te hagan sentir inseguro y triste. Puede que se haya roto una relación de pareja y no puedas superarlo, que te sientas con baja autoestima, que sientas rabia, o bien una adoración malsana que te impulsa a pensar siempre en él o en ella y a intentar retomar desesperadamente el contacto. O puede que te hayan diagnosticado una enfermedad grave y te sientas devastado al comprender que tu salud, o gran parte de ella, no volverán jamás… En definitiva, puede que hayas perdido algo o alguien importante para ti, y que después de pasado mucho tiempo aún estés hundido en la tristeza, la incredulidad, la impotencia, la rabia, la ira e incluso la vergüenza o la culpa. Si te reconoces en todo esto quizás necesites ayuda psicológica para afrontar la pérdida. En NVAG Psicología podemos ayudarte. Y para empezar, te daremos una información valiosa y útil para ti.

¿Qué es el duelo?

El duelo es un proceso normal. Se produce al verse obligada la persona a afrontar y superar la muerte de un hijo, padre, madre, hermano o amigo, alguien amado o al menos importante para ella. La persona sufre emociones negativas, sobre todo tristeza y vacío, así como otras más circunstanciales, como rabia, consternación, ira, rencor, impotencia, vergüenza o culpa. Tras el sufrimiento necesario y natural la persona empezará a gestionar sus emociones y a reestructurar mentalmente lo ocurrido para que la pérdida adquiera cierto sentido. Entonces la acepta, lo reintegra todo en su vida y sigue adelante sin sentirse desbordado por el dolor.

Estas pérdidas no solo se refieren a la muerte de otra persona, sino que podemos tomarlas en un sentido amplio: pérdida de un empleo, de la juventud, el atractivo, la belleza, el estatus económico o social, la salud, marcha de los hijos fuera del hogar, divorcios y rupturas de pareja y cualquier otra pérdida que provoque una gran cantidad de zozobra y sufrimiento. El duelo no significa necesariamente el olvido de lo perdido. Por ejemplo, no se puede extirpar de la memoria a un hijo muerto, como si nunca hubiera existido, pero sí se puede modular el dolor para que sea soportable, hasta que la persona pueda comportarse de un modo funcional, gestionar sus emociones para dejar de sufrir morbosa e inútilmente, y seguir adelante con fuerza, ilusiones y felicidad, aunque nunca pierda el amor por su ser querido… Pero en ocasiones el olvido sí resulta normal, como cuando una persona se deshace de un objeto al que le tiene cariño (una motocicleta, un vestido, un cuadro, un piso…), pues al fin y al cabo no ser pierde a un ser vivo, sino solo materia inerte a la cual se personaliza e idealiza.

El duelo, decimos, es un proceso no solo natural, sino necesario y casi inevitable; es una respuesta adaptativa que permite soportar al ser humano superar pérdidas de elevado coste emocional. Pero si este proceso se estanca degenerará en un problema de carácter psicológico. Por tanto, cabe preguntar…

¿Cuándo el duelo se convierte en un problema?

Si la persona no supera el periodo adaptativo del duelo, si se queda bloqueada en él demasiado tiempo, si se encuentra atrapada en el dolor y el recuerdo de lo perdido, si se siente triste y deprimida sin poder evitarlo, o inapetente, distraída o confundida, si piensa que ya debería haber dejado atrás los efectos de esa pérdida, pero no lo consigue, si es consciente de un vacío que le hace daño y día tras día lleva consigo… Entonces se produce lo que suele llamarse duelo patológico, es decir, un problema a nivel cognitivo y emocional que probablemente requiera la intervención de un profesional de la psicología sanitaria.

¿Existen varios tipos de duelo?

Como ya hemos dicho, el duelo puede producirse tras la pérdida de un ser o seres queridos o por la pérdida de una situación, circunstancia o un objeto valiosos para la persona. Así, tenemos:

Duelo por la pérdida de una persona o animal amado:

o Un familiar: padres, hermanos, hijos, abuelos y otros parientes como tíos, sobrinos, primos, etc., ya sea por muerte o alejamiento (por ejemplo, la marcha de los hijos del hogar paterno).
o Pérdida de la pareja (novios, cónyuges, parejas de hecho…), por una ruptura y alejamiento o por muerte. Si no se hace el duelo por la relación que ya ha acabado, una persona se puede obsesionar por su ex, pasando de la adoración irracional al odio y la ira, así como a la baja autoestima y la tristeza por haber perdido a quien se creía «el hombre de mi ida» o «la mujer de mi vida». El duelo suele terminar cuando se mira hacia atrás sin enojo (el rencor y el odio son síntomas evidentes de que no ha terminado el duelo), aceptando que no se es dueño de nadie y dispuesto a pasar página y seguir adelante con ilusión.
o Pérdida de amigos o conocidos, por alejamiento o por muerte. Los niños suelen darle mucha importancia a sus amigos y su pérdida puede motivar un proceso de duelo infantil, pero no se debe subestimar la pérdida de amistades en la adolescencia, adultez y vejez.
o Pérdida de una mascota: perros, gatos, pájaros, conejos, etc. No solo los niños establecen vínculos emocionales poderosos con sus mascotas, sino también las personas adultas cuyos perros o gatos han convivido con ellos mucho tiempo, y especialmente si sienten que ese perro, por ejemplo, es el único ser no les ha defraudado. No se debe nunca ridiculizar o subestimar el dolor de una persona adulta por su animal perdido, porque ese dolor es real y debe ser gestionado en forma de duelo.
o Pérdida de personas vinculadas al trabajo, organizaciones o grupos. Los humanos no solo establecemos vínculos de amor y cariño, sino también de admiración, respeto y necesidad social o espiritual. En una organización religiosa, política o ideológica, por ejemplo, la pérdida del líder puede provocar un inmenso vacío en sus seguidores, que quizás requiera su propio duelo.

Duelo por la pérdida de una situación, un estatus, una circunstancia u objetos personales.

o Estatus social o económico: la pérdida de la riqueza o de la posición social puede suscitar una espantosa sensación de vacío, desubicación o vergüenza, sobre todo si la persona ha identificado su vida y su valía con su estatus o rol social. Por ejemplo, quien ha tenido una vida de lujo y lo pierde todo de manera abrupta puede sentirse vacío y consternado durante demasiado tiempo, aún viviendo de manera digna. No se debe ridiculizar o despreciar a tal persona porque su dolor es sincero y puede necesitar ayuda.
o Pérdida de un trabajo: algo parecido al anterior punto, pero en el campo laboral. Las personas pasan la mitad de su vida en el trabajo y es fácil identificarse con él, sobre todo si es vocacional. La pérdida puede activar un proceso de duelo. Tampoco debemos olvidar que tras la jubilación muchas personas se sienten aburridas, inútiles y vacías, y no parece casual que comiencen a sufrir achaques y enfermedades que nunca tuvieron, como una somatización por la pérdida del trabajo que, les gustara o no, les identificó ante ellos mismos y ante los demás.
o Pérdida de la juventud: la calvicie, las arrugas, el menor rendimiento físico, la facilidad para engordar o la flacidez son síntomas del paso del tiempo, que nos lleva a todos inexorablemente hacia la vejez y la muerte. Son hechos difíciles de aceptar, pero han de ser integrados con madurez en la vida de una persona. Si la persona ha sido sexualmente muy atractiva y ha recibido mucha validación social y emocional por su belleza, puede sentirse identificada con ella y negarse a perderla, llevando hasta el absurdo complicados tratamientos físicos y operaciones estéticas. El cuidado del cuerpo es importantísimo en todas las edades (también en la vejez), por razones de salud y bienestar emocional, pero no se puede convertir en una obsesión cuando empezamos a notarnos flácidos y arrugados. Por otro lado, la sociedad impone unas etapas ficticias (los famosos cuarenta, cincuenta, sesenta, etc.) que pueden pesar como losas. Debe entenderse que la vida no tiene por qué dejar de ser interesante ni siquiera a los noventa años, los ancianos no son muertos en vida, sino personas válidas, inteligentes y determinadas, capaces de vivir con intensidad y fortaleza, dentro de sus limitaciones, como cualquier otro ser humano. Los ancianos tienen que tomar la responsabilidad de su vida y depender lo menos posible de hijos, familiares, etc., son adultos y han de tomar sus propias decisiones y buscar nuevos retos que los ilusionen. Todo tiene su momento y hay que saber vivirlo con elegancia y alegría.
o Pérdida de la salud: una enfermedad, una lesión irreversible, la amputación de un miembro… Puede hacernos sentir que hemos perdido lo más valioso para todo organismo vivo: su salud y su eficacia biológica. Pero la vida continúa y hay que saber despedirse de lo que antes podía hacer —o hacer mejor— nuestro cuerpo. Muchas personas han hecho el duelo por su salud perdida y han seguido adelante, han reestructurado toda su vida para buscar retos e ilusiones, como el célebre Stephen Hawking, que de ser un joven popular en la universidad pasó a estar encajado en una silla de ruedas de por vida, y aún así tuvo una existencia satisfactoria a muchos niveles. Puede ser útil para hallar inspiración el buscar modelos y referentes —que se encontrarán rápidamente en internet— de personas que han superado problemas físicos parecidos a los suyos, para llevar a cabo un aprendizaje por modelado y superar más rápidamente el duelo.
o Pérdida de objetos materiales con alto valor emocional: nos apegamos a joyas familiares, pinturas, vestidos, coches, así como pisos, chalés, terrenos y otros bienes inmuebles… Los objetos materiales tienen lógicamente su importancia como herramientas de supervivencia y seguridad económica, pero no podemos otorgarles personalidad ni carácter propios. Es más importante descubrir los valores profundos de la persona y entonces lo material será puesto en su lugar adecuado.

Pérdidas ideológicas o políticas: cuando una persona se adhiere a una causa puede llegar a construir su identidad a partir de ella; entonces, es posible que si su causa no triunfa sufra un terrible vacío, desconfianza en la sociedad y el ser humano, así como impotencia, incredulidad, ira y rabia. Puede deformar incluso la visión de sus vecinos y seres cercanos, etiquetándolos como enemigos, gente estúpida o egoísta solo por no compartir sus ideas. Aunque parezca extraño, todos estos son también síntomas de necesarios duelos ante coyunturas políticas cambiantes. La sociedad y el mundo están en continuo cambio y debemos aceptarlo.

Distintas etapas y situaciones de la vida que van terminando: el abandono de la vida estudiantil para pasar al mundo laboral; cambiar de residencia, dejar de un país y no poder soportar el estar lejos; dejar una asociación determinada, un grupo, una actividad enriquecedora, pero que ya debe quedar atrás…

Atendiendo a lo sorprendente o no de la pérdida:

Duelos anticipados: cuando la pérdida es previsible y cada vez más cercana, la persona puede ir sintiendo la necesidad de ese duelo incluso antes de la pérdida. Por ejemplo, cuando un familiar va muriéndose poco a poco, por enfermedad incurable o por vejez. También puede ocurrir que uno mismo esté muriéndose, y por tanto debe realizar el duelo pertinente por todo lo que va a perder (personas, oportunidades, y sobre todo la vida), para aceptarlo, encontrar un sentido y aprovechar mejor el tiempo que le quede.

Duelo por una pérdida inesperada. La noticia de que un familiar o amigo acaba de morir en un accidente, o bien la pérdida de un brazo o una pierna, un despido fulminante, una demanda de divorcio… Estas pérdidas súbitas y sorprendentes pueden provocar shock e incredulidad, para dar paso al horror, el dolor, la ira…, o una inmediata pérdida de fuerzas para dejar paso a la depresión. En estos casos es muy recomendable acudir a un psicólogo sanitario que le ayude a absorber el impacto y hacer el necesario proceso de duelo.

¿Cuándo sabes que sufres de un duelo patológico? Síntomas del duelo

Muchos de los síntomas que se darán a continuación pueden resultar normales en un duelo natural, pero resultan problemáticos cuando la persona siente que duran demasiado tiempo desde la pérdida, que permanece estancada en ellos.

No se puede dejar de pensar en lo perdido. Incapacidad para pasar página y continuar adelante con la vida.
Sentir continuamente un vacío casi físico en el interior, o en la propia existencia cotidiana, como si faltara algo irremplazable.
Inapetencia, apatía, sentimiento de que nada merece la pena ni tiene sentido.
Rabia e ira contra el ser fallecido, contra la pareja que ha roto la relación.
– Sentimientos de furia y de agravio, de injusticia contra Dios, el universo, el mundo, la sociedad.
Miedo constante hacia la muerte, a la propia idea de morir.
Creer tener cerca al muerto, que está siempre al lado, que no se ha ido.
Llantos espontáneos, expresiones incontrolables de dolor.
Depresión. Tristeza aguda.
Aislamiento. Incapacidad de relacionarse con nadie.
Recurrir al alcohol o las drogas para minimizar el dolor de la pérdida. El alcohol y las drogas (blandas o duras) pueden parecer anestésicos, pero aplicados a cualquier sufrimiento tienen en realidad un efecto amplificador. Son en sí mismos un problema que complica y agrava los problemas ya presentes.
– Mirar demasiado a menudo fotos antiguas, frecuentar los lugares en los que se solía estar con la persona perdida, intentar revivir situaciones que le recuerdan a esa persona.
Aferrarse al pasado, como si fuera un refugio contra el dolor.
Miedo a no poder enfrentarse al futuro, a no poder vivir de forma normal. Miedo a no encontrar una pareja que pueda sustituir la que se ha perdido. Miedo a la soledad.
Inseguridad, ahora que la otra persona no está ahí para apoyar o ayudar.
– Recurrir excesivamente a los demás, realizar chantajes emocionales con la excusa de la pérdida y el dolor, dramatizar, hablar de la pérdida de manera machacona y morbosa, recreándose en el sufrimiento.

Fases o etapas del duelo para superar una muerte

En los procesos de duelo psicológico por la pérdida de un ser querido, una relación, una actividad o un objeto importantes, la persona suele realizar un proceso de cinco etapas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Son fases naturales y en cierto modo sanas, pues la mente las necesita para absorber, gestionar, asimilar e integrar la pérdida en su vida. Por ello no se debe enjuiciar con severidad los comportamientos que acarrean, sino más bien entenderlos (aunque nunca se deba permitir que dañen gravemente a esa persona, o a otras). No es un proceso rígido y estandarizado, como si fueran metas volantes que superar, una tras otra, para llegar al final de una carrera; el orden expuesto puede cambiar, y varias de dichas fases pueden aparecer entremezcladas. Incluso puede ocurrir que cuando se crea superada una fase, al cabo del tiempo vuelva. Este modelo es solo una aproximación a la complejísima variedad de emociones que puede experimentar un ser humano durante un duelo. Es una aproximación eficaz, pero solo es eso: una aproximación teórica.

1. Negación: la persona no puede creer lo que ha ocurrido, no logra encajar el golpe; una parte de sí se resiste a aceptarlo y lo evita. Es una reacción natural porque su mente aún no está preparada para enfrentarse al shock de la pérdida, y por ello al tratar con esta persona habrá que tratar el asunto con delicadeza, aunque se niegue a aceptar la realidad.

2. Ira: una vez que se acepta la pérdida como real, aparece un sentimiento de enojo e ira. La persona necesita un culpable en quien descargar la frustración, la impotencia y la rabia. Es frecuente, sobre todo en casos de muerte de alguien querido, y más si es un niño, enfurecerse con Dios, con la vida misma o con la injusticia de la propia existencia. En roturas de pareja, una de las partes podría enojarse por sentirse agraviada y tratada de manera injusta. Si se pierde la riqueza puede echársele la culpa al sistema financiero o a la mala gestión de otros. En ocasiones, a la persona le cuesta responsabilizarse de su vida al afrontar la pérdida. Ante muertes de un ser querido incluso puede suceder que la persona se enoje con el fallecido¡Te has ido cuando más te necesitábamos!»).

3. Negociación. La persona se agarra a una esperanza irracional para evitar la pérdida, negociando de una manera a menudo irreal y fantástica. Ocurren con cierta frecuencia en casos de enfermedad terminal, o cuando un familiar va a fallecer, o en rupturas de pareja. Son pensamientos del tipo: «Dios Mío, si salvas a mi hijo nunca dejaré de faltar a misa», «Te juro que si regresas no volveré a beber ni a gritarte jamás» o «Doctor, si seguimos con el tratamiento dos semanas más sin duda me curaré».

4. Depresión. La persona comprende que la pérdida es real, ha abandonado la ira y entiende que ya no se puede negociar nada. Y aparece una tristeza devastadora, con llantos y momentos de desesperación, y un dolor profundo. Sin estrategias, la persona tira la toalla y se abandona al sufrimiento. Esta fase quizás sea la más necesaria, pues el duelo y la tristeza van de la mano y se debe sentir el dolor, quemarlo hasta las cenizas y no dejarlo dentro. En nuestra sociedad de la felicidad y la satisfacción rápidas se tiene demasiado miedo al dolor sano de las pérdidas y se minimiza con frases erróneas como «Tranquilo, hombre, no llores, que ya verás cómo pasa» o «Resiste con entereza y no sufras más» o «Ahora debes tener solo pensamientos positivos». Pero cuando se sufre una pérdida enorme hay que transitar el camino del dolor, es un proceso adaptativo porque si no lo hacemos podemos llegar a un punto de duelo no resuelto que a la larga será peor. Atravesar la zona más horrible de la pérdida permitirá llegar al otro lado cuanto antes, al de la aceptación y la paz. Por supuesto, esto no debe confundirse con un dolor morboso en el que la persona se recrea, victimizándose de manera innecesaria. El dolor ha de ser una etapa a superar, no un fin en sí mismo.

5. Aceptación. Esta es la fase final y la que se busca. La persona acepta la pérdida, la integra en su vida y sobre todo le otorga sentido. Puede buscar la soledad para reflexionar sobre la vida y la muerte (algo necesario, siempre). Deja de luchar contra la pérdida y por ello mismo encuentra más paz. Puede sentir tristeza, pero ya no es insoportable, sino quizás melancólica y dulce. La persona vuelve a ser funcional y válida en su entorno diario. La pérdida encaja en un todo general, en una visión del mundo más completa y profunda. Se aceptan las limitaciones y se entiende que nada ni nadie nos pertenece, que nada es permanente. El divorciado puede dejar de pensar en su ex, el que perdió su estatus económico decide empezar de cero y quien ha perdido un hijo sabe decirle adiós y dejarle ir, aunque siempre siga queriéndole. A la aceptación le sigue la esperanza de que volverá a sentirse bien, algo necesario para que el desarrollo personal no se detenga. Y se abren nuevas opciones y posibilidades de vida, relaciones y actividades que tiñen de esperanza el futuro.

El duelo infantil

A veces, el deseo de proteger al niño de todo dolor puede causarle a la larga más confusión y zozobra. Ante la muerte de un ser querido (un hermano, un padre, una madre, un abuelo, una mascota…), el niño lógicamente hará preguntas. El adulto a su cargo tiene la responsabilidad de tratar este tema con sinceridad y delicadeza, pues ocultarle las cosas o mentirle no es nada bueno. Hay que evitar decirle cosas como «El abuelito se ha ido de viaje y algún día volverá», o recomendarle simplemente que no piense más en ello. A los niños hay que quererlos y protegerlos, pero también hay que respetarlos, tienen cerebro y mente y necesitan, como cualquier ser humano, comprender lo que ocurre. Si pregunta, se le debe explicar que la persona ha muerto, siempre con delicadeza y con cariño, adaptándose a su edad, su mundo y lenguaje. Él también ha de sufrir su propio duelo; es posible que se enrabie y le eche la culpa a los adultos (los creadores y responsables de todo lo que ocurre, ante sus ojos), o negociar, y por supuesto llorará y estará triste (recordemos las etapas del duelo). Sufrirá su propio duelo y el adulto tendrá la responsabilidad de vigilarlo para que ello suceda de la manera adecuada. Puede ser difícil gestionar esta situación con un niño pequeño, así que no es una mala idea consultar con un psicólogo infantil.

El duelo y el suicidio

Por desgracia, el suicidio sigue siendo un tabú en nuestra sociedad. Nadie quiere hablar de un suicidio cercano, como si fuera algo que ocultar. Los familiares y seres queridos de alguien que se ha suicidado pasan por una situación horriblemente dolorosa y a menudo, al dolor natural de la pérdida se le unen sentimientos de culpa y vergüenza. Tal vez se enfurezcan con el fallecido y eso les causará también culpa, pero como hemos visto, cierto grado de ira y rabia es natural, es una etapa más, y no debe ser evitada. Es muy importante que los familiares hablen del tema con sinceridad, sobre todo entre ellos, dejando salir lo que tengan dentro, sea lo que sea. Y sobre todo, es necesario que la sociedad les trate con empatía y sin enjuiciar. Tras un suicidio suele haber un duelo complicado y resulta conveniente que vaya acompañado de la ayuda de un psicólogo sanitario.

¿En qué consiste la terapia de duelo?

Como suele ocurrir con casi todos los tratamientos terapéuticos, no se puede ofrecer un protocolo estandarizado para tratar algo tan complejo e individualizado como el duelo por algún tipo de pérdida devastadora. Cada persona es un mundo y como tal ha de ser tratada. Así es como se le da una correcta ayuda psicológica para afrontar el adiós. Es recomendable que la persona tenga un lugar seguro donde sacar fuera toda su ira, su dolor, su tristeza, su confusión y su zozobra. El psicólogo sanitario le permitirá transitar las etapas del duelo, dándole un espacio de libertad para expresar sin miedo lo que lleva dentro, sobre todo aquello que no se atreva a decirle a sus parientes o conocidos. Resulta imprescindible escuchar con empatía y con concentración, guiando muy sutilmente a la persona si es que necesita ser reconducida. Por otro lado, y como suele ocurrir, las personas no suelen saber exactamente lo que quieren, a veces hay confusión, y puede haber más problemas, relacionados o no con la pérdida. El psicólogo sanitario también ha de saber tratarlos.

Descubre cómo te podemos ayudar a superar la pérdida de un ser querido

En NVAG Centro de Psicología sabemos que cada persona es única y por ello se le ofrece una terapia individual totalmente ajustada a ella, personalizada, tanto en este caso del duelo como en cualquier otro, con la determinación de ayudar y sanar, con la paciencia y la empatía necesarias para ayudar a la persona a encontrar su propia fortaleza, encontrar un sentido a lo ocurrido, siempre acorde con sus valores personales. Y hallar sus propias respuestas. Hay que ayudar a esa persona a encontrar por sí misma la luz que le permita salir de la oscuridad.

Si quieres saber cómo podemos ayudarte, en este o cualquier otro problema, puedes conocer