Hace unos días estuve en un extraordinario retiro de meditación sobre la muerte. Aún destila en todo mi ser lo vivido allí. Me siento profundamente agradecida por haber podido vivir esta experiencia. Este retiro se desarrolló en un pequeño pueblo de las preciosas montañas del País Vasco. La persona que lo dirigía era Frank Ostaseski, maestro de meditación y mindfulness, muy conocido por su servicio de acompañamiento a las personas en el final de su vida. Te podría contar muchísimas anécdotas y aprendizajes de todo lo vivido allí, de hecho es posible que escriba otras entradas al respecto, con ideas que puedan sugerirte caminos para mejorar tu vida. Por el momento, y en esta entrada, voy a escribir sobre los finales, grandes o pequeños, de tu vida, y su relación con tu propia muerte. Si estás interesado en el tema de la muerte, puedes visitar mi entrada AFRONTAR EL MIEDO A LA MUERTE.

Frank Ostaseski lleva más de cuarenta años dedicado al servicio de acompañar a los que mueren y nos transmitió que la manera como solemos afrontar los pequeños y grandes finales en nuestra vida puede ser muy representativo en relación a cómo vamos a afrontar nuestra propia muerte. ¿Alguna vez has pensado en ello? ¿Cómo te sueles enfrentar a los finales, ya sean en el ámbito laboral, de amistad, de relaciones sentimentales, familiares, o de cualquier otro tipo? ¿Qué hábitos son los que dirigen tu conducta en tales momentos? Tal vez suelas abandonar las reuniones antes de que hayan acabado. Quizás te despidas con mucha intensidad de cada persona importante para ti, dándoles un beso, un abrazo, y compartiendo unas palabras cariñosas. O puede que te limites a decir un adiós y te vayas fugazmente, con cierta aprensión, deseando que no te retengan más. Puede que incluso cuando dejes una ocasión familiar, un lugar de trabajo o una reunión, no digas nada y simplemente desaparezcas.

En referencia a lo anterior, Frank Ostaseski nos proponía el ejercicio que voy a compartir contigo. Pero antes, te sugiero que cojas papel y bolígrafo y te prepares para hundirte y buscar en el interior de ti mismo, para que puedas experimentar de primera mano el poder de este ejercicio, tal y como hace nuestro personaje inventado para la ocasión, Úrsula Abordafinal.

1. ¿Cómo abordas los finales, por ejemplo, cuando vas a una fiesta, habitualmente? ¿Qué hábitos detectas en ti?

Úrsula Abordafinal reflexiona y descubre que suele esperar a que llegue el final de la fiesta, despidiéndose de todas y cada una de las personas que hay allí. Además, comprende que le cuesta mucho irse y dejar que se vayan quienes se cruzan en su camino. Por otro lado, no le gusta irse antes de que todo acabe; le da pena que haya personas que se queden en la fiesta, a las que ella debe abandonar. Es como si al irse antes de que todo terminara, estuviera haciéndoles un feo a los demás.

2. ¿Por qué piensas que abordas los finales de esa manera?

Úrsula Abordafinal reflexiona profundamente y se da cuenta de que siente una inconfundible pena cuando acaban las reuniones. No puede entenderlo, pero le causa tristeza que la gente se vaya. Se hace consciente de que es algo irracional porque es muy posible que vuelva a verlos en otras ocasiones. Pero cuando ella se va, o alguien se marcha, suele mostrar intensamente su simpatía hacia la persona, y cierta tristeza por su marcha.

3. ¿Dónde aprendiste esto?

Úrsula Abordafinal se abstrae, busca y va muy atrás en el tiempo, a una época en la que ella era una niña, quizás de cuatro o cinco años. Se recuerda en el colegio. Sus padres trabajaban muchas horas, de modo que ella era siempre el último niño al que iban a recoger. A Úrsula Abordafinal no le gustaba quedarse sola en el colegio, se sentía abandonada y muy vulnerable. Por tanto, cada vez que unos padres venían para recoger a un niño trataba de entretenerlos por todos los medios para que no se fueran. En realidad, le daba miedo quedarse sola. Y eso ocurrió todos los días del curso escolar, durante años y años.

4. ¿Te sientes cómodo con tu forma de despedirte?

Úrsula Abordafinal reflexiona y decide que no se siente cómoda con la forma de abordar los finales de las reuniones y las fiestas. Descubre que tiende a ser un tanto invasiva con los demás; a veces incluso produce rechazo en otras personas, porque se quieren ir y ella los retiene con su conducta verbal y no verbal, casi obligándoles a quedarse más tiempo. Y al darse cuenta de esta conducta, se siente egoísta e infantil.

La mayor parte del tiempo actuamos movidos por nuestros hábitos. Esta verdad es muy clarificadora y puede facilitarnos mucho la vida, porque si detectamos nuestros hábitos ya automatizados y podemos comprender sus razones profundas y de dónde provienen, podemos comprender mucho más acerca de nosotros mismos, y tal conocimiento es más valioso que todo el oro del mundo. Por ejemplo, ¿recuerdas cuando aprendiste a andar? ¿Has visto a un niño aprender a andar? Al principio se arrastra por el suelo, luego gatea, luego empieza a sostenerse sobre las dos piernas, apoyado a cualquier cosa que llegue, y poco a poco alarga el pie para dar un paso, luego otro, se cae infinidad de veces, pero vuelve a levantarse, se levanta siempre tras cada caída. Los niños al comenzar a andar son muy conscientes de cómo han de mover los pies y las piernas y el resto del cuerpo. Es un ejercicio increíblemente complejo y difícil para ellos y requiere de toda su concentración y voluntad. Pero llega un momento en que aprenden a andar, y después corren, saltan e incluso hacen ejercicios mucho más difíciles y sin pensar, como jugar al fútbol o el baloncesto, saltar a la comba, correr a la pata coja o montar en patín, y todo mediante la repetición de esas destrezas físicas, hasta que las realizan de manera automática e inconsciente. Andar es uno de los mejores ejemplos del poder de un hábito: por muy difícil, doloroso, esforzado y sacrificado que sea adquirirlo, una vez interiorizado y repetido, se convierte en algo automático y casi imposible de evitar… Para bien o para mal, ya que nuestros mil y un hábitos cotidianos pueden ser benignos o nocivos.

A menudo, el asunto de las despedidas también se basa en hábitos automatizados que no obedecen para nada a reacciones espontáneas e improvisadas. La niña Úrsula Abordafinal era perfectamente consciente y entendía por qué se le hacían cuesta arriba las despedidas, pero la Úrsula adulta tuvo que hacer un esfuerzo reflexivo para entenderlo, incluso para darse cuenta de que ahí había un hábito.

Una vez que estudiamos y comprendemos la raíz de nuestros hábitos cotidianos, ganamos grados de libertad. Las peores cadenas y jaulas que puede haber no nos las imponen desde el exterior, sino que son programaciones de hierro que existen en nuestra propia mente, constituidas por hábitos y series de hábitos concatenados. Todos creemos ser naturales, impulsivos y libres en nuestras elecciones y reacciones. Qué equivocados estamos. Mucho de nuestra conducta y capacidad decisoria está basado en una programación ya existente, normalizada en hábitos de hierro repetidos durante años. El solo hecho de detectar un hábito cotidiano, incluso aunque no entendamos su razón, ya nos da libertad, la auténtica libertad, es decir, la libertad mental. Al hacerse uno consciente del porqué de una conducta que se repite, empiezas a entender que realmente puedes realizar otra. Entonces, te asomas fuera de esa jaula del Bueno, yo soy así, el mantra autoritario que justifica nuestros automatismos. Esto no quiere decir que la consciencia de un hábito lo haga cambiar o desaparecer al instante. Para que eso ocurra deberás esforzarte, porque los hábitos quieren quedarse, son persistentes, y tendrás que sustituirlos por otros, o cambiarlos, o desactivarlos, si es que te parecen dañinos o nocivos. Pero el reconocerlos es el primer paso en un camino de libertad.

Quizás Úrsula Abordafinal la próxima vez que vaya a una reunión, se haga el compromiso firme de irse a una hora concreta con independencia de que la fiesta no haya acabado, y en ese modo de hacer las cosas de manera diferente descubra que ya no tiene por qué sentir pena ni angustia, que ya no es una niña que necesita la presencia de unos padres protectores. Tal vez entienda entonces que esa emoción incrustada en su ser puede ser eliminada, disipada mediante un análisis adulto y racional, darle la despedida y mirar al futuro con otros ojos. Al menos, ya puede hacer algo al respecto. Ahora sí tiene la libertad de elegir qué hacer, si continuar reteniendo a los demás, o soltarlos y soltarse ella. Puede elegir seguir siendo una niña vulnerable o una mujer fuerte que toma el timón de su barco y no le tiene miedo a la soledad. Podría elegir despedirse de las otras personas con una cortesía breve, sin retenerlos. Puede probar el modo que más le satisfaga, el que mejores emociones suscite en ella. Esta es la forma de superar un hábito: primero, analizar la repetición de ciertos comportamientos y emociones, para entender que allí hay un hábito; luego, el análisis y la introspección para entender cuándo ha surgido y por qué; y por último, el tomar la decisión de buscar otras vías de superar esa situación y elegir las más satisfactorias. Por ello, muchos psicólogos pensamos que hábitos nocivos como el de la ludopatía o el consumo excesivo de drogas o alcohol, son más bien los síntomas de algo más profundo, algo que se debe analizar y comprender, y hasta que eso no suceda, la eliminación de tales hábitos se hará cuesta arriba. No solo basta con la ciega fuerza de voluntad: se necesita consciencia, comprensión y conocimiento.

Volviendo al tema de la muerte, el maestro Frank Ostaseski sostiene que nuestra forma de despedirnos en los pequeños y grandes finales de nuestra vida es algo así como una resonancia del modo en que nos despediremos de todo al morir. Yo no me dedico a los cuidados paliativos y por tanto personalmente no puedo afirmar ni negar nada al respecto, pero si lo dice alguien con tanta experiencia y tanta humanidad como este hombre, que lleva asistiendo a moribundos desde hace muchos años, de todas las clases sociales y económicas, niños, personas maduras y ancianos, y en distintos países (algunos en situación de guerra, pobreza y condiciones extremas), sí le doy crédito. Puede ser una gran motivación para reflexionar sobre nuestros hábitos y hacer de nuestras despedidas una experiencia llena de consciencia. Porque, al fin y al cabo, la muerte es el Gran Final. No voy a entrar a considerar si después de la muerte existirá algún tipo de vida o existencia porque eso no pertenece a la esfera correspondiente a este artículo. Pero no cabe duda de que nuestra propia muerte será el final de esta vida tal y como la conocemos, y además será imposible de evitar, y llegará antes de lo que esperas, porque aunque segundo a segundo te creas inmortal y no puedas asimilar que has de morir, la muerte no esperará a que estés preparado. La muerte no espera a nadie. Tarde o temprano hemos de afrontar con seriedad que nuestra línea no es infinita y que habrá un punto final para todo cuanto ahora somos y conocemos. Tal vez, hacerte consciente de tu forma de despedirte en las pequeñas y grandes ocasiones te permita reflexionar sobre cómo estás dispuesto a despedirte de tu propia vida. Y quizás, y aunque pueda producir vértigo al principio, eso te dé grados de libertad en cuanto a tu propia existencia, al sentido que le das, a tus valores, a lo importante, lo realmente importante que hay en ella, no a lo vano y superfluo en lo que nos enfangamos día tras día. La comprensión de nosotros mismos, de nuestros automatismos y comportamientos cerrados, siempre nos da mayores grados de libertad.

Espero que este artículo te haya servido para explorar tu propio interior, pues el viaje al interior es el más increíble de los viajes que puede hacer un ser humano. Recuerda que ante situaciones difíciles y complicadas visitar a un psicólogo sanitario puede ser una muy buena opción para clarificarte y superar aquello que ahora te hace sufrir. Si te ha gustado este artículo te invito a que te suscribas a mi Newsletter para recibir automáticamente mis entradas y así estar al tanto de diferentes e interesantes temáticas y recursos de psicología. Me encantaría verte entre mis suscriptores.

Que tengas un día maravilloso.

Natalia Aguado (psicóloga sanitaria) con la colaboración de Andrés Díaz Sánchez (escritor).

NVAG Centro de Psicología es un centro sanitario en Alcobendas (Madrid), en el cual la psicóloga sanitaria Natalia Aguado ofrece servicios de psicoterapia. Para más información visita www.nvagpsicologia.com.