Como psicóloga sanitaria puedo decir que hay algo bastante común en los pacientes: la evitación experiencial. ¿A qué me refiero con «evitación experiencial»? Me refiero a evitar aquello que sabes que debes afrontar, pero que te hace daño a nivel emocional y psicológico. A tratar de esconderlo, eliminarlo y hacer mil y una cosas para no tener que mirarlo de frente, porque resulta doloroso.

Evidentemente, al ser humano no le gustan el sufrimiento ni la incomodidad. Pero determinados problemas deben ser abordados para que no se compliquen. Puede ocurrir que, así como la mano se aleja del fuego de manera automática para evitar quemarse, ante algunos pensamientos, recuerdos, emociones y sensaciones perturbadores el ser humano tiende a crear estrategias para huir de ellos.

Por otro lado, vivimos en sociedades un tanto infantiles en las cuales prima la satisfacción inmediata, a veces de un modo exagerado, lo cual no ayuda a enfrentarnos a nuestros propios miedos y dolores. Internet y las Redes Sociales, así como la vida laboral moderna, le dan demasiada importancia a la rapidez, a la prisa, a la gratificación espontánea, a obtener a cualquier precio decenas de «Me gusta» para no encarar mi propia soledad y vacío, llenándolo con un ruido de fondo atractivo pero superficial. La dependencia hacia el móvil y el ordenador rayan lo adictivo. La autoexigencia de tener un trabajo increíble, unas vacaciones increíbles, un cuerpo increíble y una vida social increíble (todo ello por supuesto exhibido en Instagram o Facebook, como una pornografía de lo íntimo), todo eso conduce no a la felicidad, sino más bien a lo contrario, a una falsa felicidad de plástico que no enriquece ni satisface profundamente, que no calma ni tranquiliza, sino que acelera y enloquece, como en ratones que no dejaran de correr dentro de la rueda. Buscamos el placer y la gratificación inmediatos, pero la paciencia, la acción lenta y continuada, el esfuerzo y el hacer frente a las dificultades, son valores necesarios para madurar. Se nos vende que siempre y en todo momento podemos estar felices y contentos, pero esto es imposible, pues la vida también tiene problemas y momentos negativos. Hay una forma de pensar muy popular, casi obsesiva, basada en un positivismo irracional. Así, escuchamos cada dos por tres frases y eslóganes tópicos como el de «si quieres, puedes hacerlo y conseguirlo todo (sin entrar a valorar primero qué quieres realmente y qué puedes o no hacer para conseguirlo)», o el mantra de «solo tienes que elegir no sufrir para no sufrir», lo cual lleva a un sufrimiento perfecto, ya que en esta vida es imposible no sufrir en algún momento, y si lo haces será por tu culpa, ya que elegiste mal, añadiendo al sufrimiento natural la decepción con uno mismo. Hay «entendidos» y gurús de las emociones y pensamientos que recetan sonreír y hacer ciertos movimientos faciales ante los problemas, como si así desaparecieran mágicamente. Es verdad que el cuerpo puede actuar sobre las emociones, pero si solo tomamos ese camino ante el sufrimiento podemos acabar no sonriendo, sino haciendo el rictus crispado del famoso Joker de los comics. Muchos libros de autoayuda sermonean sobre eliminar cualquier pensamiento negativo, algo que equivale a ejercer de policía de ti mismo, y que puede llevarte al agotamiento psicológico, a violentar y estresar tu propia mente, pues la mente necesita libertad para abordar tanto lo luminoso como lo sombrío, sin estar dándole órdenes sobre lo que debe o no pensar. Son tan malos el catastrofismo y el victimismo como el positivismo irreal; son dos caras de la misma moneda: la evitación infantil de aquello que está mal en nosotros, para no afrontarlo y solucionarlo mediante un análisis sereno y ecuánime.

Los medios de comunicación nos bombardean sin descanso acerca de la gratificación espontánea e inmediata: «todo lo que necesitas lo puedes comprar», «tíralo y cómprate uno nuevo», «un clavo saca a otro» … Si tienes ese coche carísimo tendrás la misma familia feliz de ese anuncio; si comes ese yogurt tendrás ese cuerpo delgado; la Chispa de la Vida reside en una bebida gaseosa endulzada y azucarada químicamente; el padre es feliz no cuando le da una manzana o una naranja saludables al niño, sino cuando le da un huevo de chocolate cargado de aditivos químicos; si tienes ese ordenador/móvil/Tablet/etc. tendrás una vida fantástica llena de amigos que ríen y saltan y bailan, gorjeando como bebés mientras chatean contigo y ven tus fotos; si eres joven y quieres ser libre e independiente debes 1) comprarte el mejor móvil 2) ponerte ropa cara de rebelde 3) poner cara de rebelde y 4) hacerte cien selfis con ese aspecto, tomarte horas para elegir el mejor de todos, donde estés más guapo, y mostrárselo al mundo en Instagram… ¡y ya eres un auténtico rebelde!; el no poder ver conciertos sin tener que grabarlos enteros en el móvil; el tener que exponer a todo el mundo en Facebook o Twitter tus opiniones políticas, ideológicas, teológicas, tus reflexiones sesudas, cotidianas, tus experiencias vitales íntimas, día tras día, en lugar de quedar un día con unos amigos y hablar sobre esas cosas como siempre se ha hecho, ante una bebida, en un bar; el enseñar a todo el mundo el selfi con tu pareja (pero NO el día que discutís y os llamáis de todo, ¡eso no, cuidado, eso que no lo vea nadie!, aunque también forma parte de tu relación; solo hay que mostrar el momento felicísimo en que os apretujáis las caras sonrientes); si no tienes el mejor iPhone no eres guay, no vas a ligar, etc.

En definitiva, se nos inculca la idea de que LA FELICIDAD SE PUEDE COMPRAR, y además y por tanto, que LA FELICIDAD SE PUEDE CONSEGUIR EN CUALQUIER MOMENTO, así, como si uno chasqueara los dedos y ya fuese feliz. Basta con hacer un teatrillo de nuestras vidas en Internet para que nos creamos más felices (aunque primero el planeta entero tiene que contemplar nuestra felicidad, si no, ya no somos felices). Así pues, haz de tu vida privada una exhibición casi pornográfica, y sobre todo, ¡corre como un guepardo a por el coche, el yogurt y el iPhone, que ya estás tardando en ser feliz!

Todos estos AHORA, YA, DE INMEDIATO, ENSEGUIDA, EN PÚBLICO, QUE LO VEAN TODOS… en realidad esconden una gran inseguridad. La satisfacción personal no es un carrusel de selfis maravillosos, ni un exhibicionismo de tu vida, ni un comprar esto o lo otro. Eso en realidad demuestra cierta falta de autoestima, pues necesitamos desesperadamente la aprobación del otro, su mirada cálida, su «Me gusta», su palmadita en la espalda, su emoticono y su dedo índice en alto. Y haremos cualquier cosa para obtenerlo de nuevo, nos haremos mil fotos más para conseguirlo día tras día. De hecho, aunque nos planteemos no hacerlo, volveremos a caer, porque ya hay un camino neuronal que lleva hacia la gratificación espontánea, que no solo es psicológica, sino también química, pues se producen endorfinas y opiáceos naturales; los programadores conocen perfectamente los mecanismos de nuestra mente y los explotarán sin compasión para convertirnos en adictos a la aprobación ajena para conseguir sus objetivos comerciales. El primer paso para liberarse es, al menos, entender que esto sucede y que estamos metidos en una jaula, que cuanto más libres nos venden que somos, más atrapados estamos.

La verdadera satisfacción personal tiene mucho de íntimo, de privado, de un poder y una seguridad tranquilos que no necesitan de testigos ni multitudes. No es preciso que lo vea nadie. Es estar bien, solo con uno mismo. En realidad, nadie tiene por qué saber que nos sentimos bien. O mal. Una buena relación con los demás suele pasar primero por una buena relación con uno mismo, en calma, disfrutando de cada momento sin necesidad de grabarlo ni contárselo a nadie, sin necesidad de comprar ni consumir nada. No es un tener, sino un ser. Y es un ser con uno mismo, antes que con los demás.

Los romanos decían: «Si quieres paz, prepárate para la guerra». Y sin entrar en valoraciones éticas, su imperio duró un milenio. Así que algo de razón tendrían. Para ser feliz, primero hay que aprender a fortalecerse ante todo lo malo, atravesar lo malo, porque lo malo forma parte de la existencia, igual que lo bueno, y no puede ser apartado sonriendo, comprando o dándonos a conocer en las Redes Sociales.

Precisamente, cuando necesitamos y ansiamos día tras día la mirada aprobadora del otro, el «Me gusta» del otro, y buscamos la felicidad en el consumo y lo popular, estamos transitando lo que, metafóricamente, se puede conocer como El Camino del Esclavo.

El Esclavo no sabe que el refugio de la serenidad es una luz que solo él puede crear. No la va a recibir de otros, sino solo de sí mismo. A través de su propia luz interior será capaz de calentarse y dar calor al otro… Pero tampoco buscará calentar a nadie, sino que le dará igual si ese otro está caliente o frío cerca de él. Y si tiene la aprobación ajena, no se convertirá en su adicto ni vivirá su vida en función del qué van a opinar de mí, y cuánto voy a gustar. Paradójicamente, cuanto más se busca la aprobación menos se suele conseguir. El Esclavo no entiende que a algunas personas no les importe la opinión ajena, y que sin embargo reciban mucho cariño; mientras que él ha de repetir las mismas fórmulas una y otra vez, mendigando esa misma aprobación.

Este artículo trata sobre cómo generar esa luz interna, ese calor que ahuyente la frialdad del entorno. Sobre cómo transitar por este mundo de un modo fuerte y flexible, adaptándonos a cada situación del modo más satisfactorio para nuestra salud psicológica. E igual que ya se ha mencionado el camino del Esclavo, también vamos a hablar del Camino del Guerrero.

¿Y cuál es El Camino del Guerrero, o de la Guerrera? ¿Y cuál es El Camino del Esclavo, de La Esclava?

La brújula del Guerrero es el dolor y el miedo. Pero no el dolor y el miedo estúpidos e innecesarios, pues no es masoquista, sino el miedo y el dolor que no pueden ser evitados, que habrán de afrontar tarde o temprano. El Guerrero lógicamente ha de luchar, y por tanto no huirá de las batallas de su vida (toda vida tiene sus propias batallas). No evita ese dolor, sino que lo transita y atraviesa, pues sabe que tras la dificultad están la libertad y la gloria íntimas, personales. Para el Guerrero toda caída y toda herida es simplemente una etapa más que debe ser superada, y se sabe lo bastante fuerte como para soportarlo y continuar adelante, porque tiene una mirada de largo alcance, una mirada afilada, una mirada de águila que penetra a través de su existencia, en busca de lo que realmente le importa. En cambio, la brújula del Esclavo será precisamente evitar por todos los medios lo que le duele. El objetivo del Esclavo es la comodidad ante todo. No quiere ni oír hablar de librar batallas y superar obstáculos, porque la mirada del Esclavo es roma y corta, solo ve el sufrimiento y la derrota, no alcanza a ver más allá, no entiende que pueden ser solo etapas, sino que los ve como el momento final, se estanca mentalmente en ellos y los evita. Pero cuidado, porque lo malo en tu vida tiene una obstinada tendencia a quedarse en ella, e incluso a crecer. Si no lo afrontas, analizas y gestionas, crecerá y crecerá y al final tendrás que afrontarlo en condiciones mucho peores y con menos recursos. No es imposible que lo malo pueda devorar por completo la vida de una persona. Ha ocurrido y seguirá ocurriendo.

Así, por ejemplo, a Alba Evitaansiedad le produce muchísimo malestar estar en lugares cerrados dónde hay mucha gente. Ella entiende que El Camino de la Guerrera no consiste en evitar por todos los medios dichos lugares; por el contrario, para ser una Guerrera deberá transitar la ansiedad, acercándose poco a poco y caminando por senderos de incomodidad tolerable, con decisión, buscando estrategias para estar en lugares donde hay gente, fortalecerse, y persistir hasta que no le suponga ningún problema. Su brújula es el dolor, en el sentido de que sabe que el proceso será incómodo, que cierto nivel de dolor es inevitable, y que el dolor le habla sobre sus debilidades, las que debe superar, porque si no lo hace irá cayendo más y más en el pozo de una miserable soledad. El Camino de la Esclava sería evitar las reuniones que le generaran cualquier nivel de malestar, aunque dicho malestar pudiera aguantarlo a través de técnicas psicológicas. La Esclava no acepta ningún nivel de malestar, no tiene mirada a largo plazo, solo una mirada corta, no confía en sí misma, y por ello puede crear mil y una mentiras y excusas para intentar convencerse de que su vida es fantástica, aunque le dé terror entrar en un autobús o un mercado. Y se va sintiendo más y más sola, con menos autoestima y más miedo a la gente.

El Guerrero o la Guerrera saben que todo tiene un precio. Nada, o casi nada de lo bueno en esta vida, es gratis. Y no es el precio en euros que marca la supuesta felicidad del iPhone o el coche familiar. Es un precio en miedo, en esfuerzo, en incomodidad. Sabe que si quiere la seguridad económica no puede ir mendigando en la iglesia o en el ministerio para que le den el dinero que necesita: tendrá que buscar un trabajo y dar el callo en él. Incluso si es un empleo vocacional y maravilloso, tendrá que mantener una disciplina laboral. Sabe que si quiere libertad e independencia deberá enfrentarse a las opiniones ajenas, a la incomprensión, y que quizás muchos le miren mal. Que si quiere momentos buenos también tendrá que aprender a gestionarse emocionalmente en los momentos malos. Que si quiere felicidad también habrá insatisfacción, miseria y dolor. El niño Guerrero pide con educación un caramelo, lo disfruta con tranquilidad y, si no hay más, se ocupa de otra cosa. El niño Esclavo berrea y chilla para que le den su caramelo, lo come deprisa y luego exige y chilla que le den más. El Guerrero entiende el concepto de la postergación de las satisfacciones. Sabe que si quiere adelgazar tiene que postergar o incluso eliminar la satisfacción de comerse un pastel de chocolate, porque tiene en mente una satisfacción a la larga mayor. Posterga la satisfacción de estar tirado en casa viendo una película, para salir a correr o andar, aunque no tenga ninguna gana. Tiene en mente la satisfacción posterior, así que hace un pacto consigo mismo, negocia consigo mismo: «Mira, chico, hacemos una cosa: durante cinco días no vas a comer chocolate ni dulces, y vas a andar una hora al día, y el fin de semana nos vamos a permitir dos palmeritas de chocolate, y además a lo mejor pesas un kilito menos y te ves fenomenal». Incluso para hallar paz mental, el Guerrero sabe que debe ejercitarse en meditar en silencio, cada día. En definitiva, el Guerrero comprende que lo que desea conseguir, lo que quiere de verdad, siempre tiene un precio; se toma su tiempo para establecer ese precio, y lo paga. En cambio, el Esclavo quiere tenerlo todo sin pagar. Primero quiere disfrutar y luego no paga. Cree que el Estado, el sistema, Dios, el universo, la familia y cualquier otra cosa que imagine, tienen la obligación de darle las cosas porque sí, porque él o ella lo valen. Gratis. Y si no se lo dan, empieza a berrear y chillar como ese niño Esclavo, exigiendo más caramelos. El Guerrero sabe que para que le amen primero tiene que ofrecer cariño, comprensión, ayuda, algo interesante a los demás. El Guerrero que quiere ligar se preocupa de su aspecto, de ser atractivo, de tener algo interesante que decir. El Esclavo se queja porque está solo y nadie le quiere, le echa siempre la culpa a los demás, todos sus novios y novias fueron horribles, le trataron fatal, tiene un aspecto cochambroso y una conversación lloriqueante, pero exige que le lluevan los amantes y que le adoren.

El Guerrero o Guerrera sabe que tal vez no tuvo la culpa de muchas cosas que le han ocurrido. Pero sabe que la responsabilidad sobre lo que hará a partir de ahora con su vida es suya y solo suya, y no se la entrega a nadie. Entiende la diferencia sutil pero fundamental entre la culpa y la responsabilidad. La culpa puede ser propia o ajena, pero la responsabilidad, de como reaccionar ante las circunstancias que nos toque vivir, es propia. Por ejemplo, si un Guerrero sufre un accidente y pierde un brazo o una pierna, tal vez la culpa no fuera suya. Pero la responsabilidad sobre cómo va a vivir, cómo se va a sentir, pensar y actuar a partir de ahora, sin pierna o brazo, es suya y solo suya, no se la da a nadie, y por ello toma con fuerza las riendas de su vida para dirigirla como él o ella quiera. Un ejemplo es el del famoso e icónico Stephen Hawking. ¿Se puede concebir mayor injusticia para un joven estudiante juerguista, que practicaba remo y tenía una vida popular, que quedarse en tan poco tiempo recluido en una silla de ruedas, sin poder mover más que un poquito la cabeza y un dedo? Sin embargo, y como él mismo contaba, tras una etapa de desesperación, rabia, ira, frustración e incluso odio, al final decidió hacerse responsable de su vida y convertirse en el mejor astrofísico del mundo.

Comprender que la responsabilidad de cómo vas a vivir es tuya y solo tuya es duro, es un gran peso, y requiere una inmensa fortaleza. Pero al mismo tiempo es liberador, porque ya no dependes mentalmente de nadie. Tú eres el dueño o la dueña de tu propia vida. Y eso equivale a tener el poder. Un poder no autoritario ni dictatorial, sino sano y maravilloso. El poder de tomar las decisiones y de hacerse con el control.

Por el contrario, el Esclavo no solo le echa la culpa de todo a los demás, sino que también delega la responsabilidad de su vida en otros. La delega en la sociedad, el Estado, el sistema, la historia, la familia, los políticos, las organizaciones sociales, la religión, etc. Exige que los demás le hagan feliz, que los demás le quieran y amen y escuchen y sean amables y atentos a todas horas, que les den la razón, que todo el mundo esté atento a cuanto dicen, que no se les lleve la contraria, exigen que les deseen y se enamoren locamente de ellos, que les den dinero, casa, vivienda, trabajo, exigen tener siempre éxito y que los demás estén pendientes de todas las cosas que hacen y dicen, que les traten con un cuidado y una diplomacia exquisitos, que nada les ofenda o indigne porque no pueden soportarlo. Los encontramos por todas partes, de hecho, esta sociedad es un inmenso enjambre de Esclavos que andan zumbando aquí y allá, quejándose siempre de todo y echando no solo la culpa, sino la responsabilidad de sus vidas, a todos menos a ellos mismos.

Otra característica es que el Guerrero o Guerrera suelen tener una mente más amplia. Como no evitan el dolor y se han arriesgado, han sufrido golpes, han sufrido decepciones, desengaños y frustraciones personales, pero las han transitado una tras otra, y eso les da una comprensión más profunda de la vida humana. Saben que no todo el mundo piensa igual, que la sociedad y el mundo es bastante más complejo de lo que parece a simple vista y que, sin perder las convicciones, hay que adaptarse a ello con cierto grado de tolerancia. No es raro que a los Esclavos los Guerreros les parezcan incluso irresponsables o «pasotas», como si no les importaran los grandes problemas de su país o del mundo entero. Pero no es eso; simplemente, el Guerrero piensa globalmente, pero actúa localmente. No va a quejarse una y otra vez por lo que no puede solucionar; es realista y se ocupa de lo que sí puede manejar. Acepta que muchas otras cosas están fuera de su alcance, y por ello las deja pasar. La vida va haciéndole práctico. No debe perder tiempo en asuntos sin solución y se ocupa con seriedad y con todas sus fuerzas en su propia felicidad, porque a diferencia del Esclavo, sabe que nadie le va a dar la felicidad salvo él o ella misma, y por eso no puede perder ni un minuto con asuntos que están fuera de su alcance. El Esclavo, en cambio, tiene una visión muy cerrada, no puede salirse de sus esquemas, no acepta el diálogo ni el argumento, le parece inconcebible que alguien sea capaz de pensar de distinto modo a él, y en los casos más extremos cree que quien piensa distinto ha de ser eliminado. Puede perderse en asuntos grandilocuentes sobre los que no tiene capacidad de hacer nada; y en lugar de ocuparse de ellos como lo haría un Guerrero (por ejemplo, mediante el activismo, o de cualquier otra manera que esté dentro de su ámbito de actuación), no hace más que quejarse todo el día, sin hacer nada de nada, frustrándose más y más, en un círculo vicioso. Paradójicamente, hay un tipo de Esclavo que no deja de parlotear sobre todos los males del mundo, sin hacer nada por paliarlos, y que además, y solo por quejarse, se cree moralmente superior. Pero sigue siendo un Esclavo, porque no hace nada. El Guerrero puede quejarse un poco, quizás como válvula de escape, pero al final siempre actúa. La medida del Guerrero es la acción. O bien, si no actúa, se encoge de hombros y se dedica a otra cosa.

El Guerrero o Guerrera busca las soluciones y la fortaleza dentro de sí mismo o misma. Es independiente, se fía de sus intuiciones y percepciones. Tiene su propio criterio, pero tampoco es inconsciente, y analiza bien las cosas. Se pregunta primero a sí mismo, y luego quizás a los demás. Tiene un diálogo interior poderoso consigo mismo. Sabe que debe desarrollar la fortaleza dentro de sí. También sabe que en última instancia su satisfacción vital es asunto suyo y de nadie más. Cuando esté mal buscará ayuda y consejo, pero sabe que por mucha ayuda y consejo que reciba, la decisión final es solo suya y que le tocará trabajar duro. Y es que las consecuencias de sus decisiones solo él las va a tener que afrontar. El trabajo para fortalecerse así mismo no se lo va a hacer nadie. Por supuesto, ni el alcohol ni la pastilla de droga le van a sacar del atolladero ni le van a librar del dolor, ni tampoco le van a dar la felicidad. En el otro extremo, el Esclavo no cree que tenga esa fortaleza interna, ni la busca, ni trata de desarrollarla.

El Guerrero es honesto con su situación y no trata de engañarse para sentirse mejor. Puede cambiar de ideas con el tiempo, porque es flexible y sabe que todos podemos equivocarnos. El Esclavo entrega su independencia a gurús y líderes políticos. Es fanático de una ideología y de un partido, lo defiende con fe ciega, su mente funciona a base de dogmas y eslóganes, cosa lógica en él, porque pensar por uno mismo puede ser duro y complicado, de hecho, la verdad puede ser contradictoria y difícil, así que es mejor que otros te den un manual de cómo y en qué pensar, que lo hagan por ti. A los Esclavos les encanta el autoritarismo de un signo o de otro, les chifla la gente autoritaria y soberbia que va imponiendo sus opiniones con contundencia, de hecho, siempre hay grupitos de seguidores detrás de las personas mandonas e intimidantes. Los verdaderos Guerreros suelen ver cosas buenas y malas en todos los lados, y por supuesto no entregan su confianza a nadie de un modo incondicional.

Estos conceptos del Guerrero y el Esclavo se pueden emplear en muchos ámbitos. Los psicólogos sanitarios los vemos a diario. Por ejemplo, algunos jóvenes (y no tan jóvenes) pueden tener una vida prometedora y llena de aventuras y mil y una sorpresas, pero se hacen esclavos del alcohol y las drogas para superar sus inhibiciones y «desfasar», volverse graciosos, atractivos, el centro de la fiesta; en realidad no tienen el valor de ser ellos mismos ante sus amigos, con su propio estilo y personalidad, para ello han de estar bien entonados, y de hecho ni siquiera pueden pasarlo bien en compañía sin beber en exceso. O personas que se vuelven adictas a las Redes Sociales para gustar a muchos desconocidos y así evitar relaciones más complejas, pero enriquecedoras, con personas de carne y hueso. Vemos a personas válidas y eficaces hundirse en mil miedos irracionales por no transitar el Camino del Guerrero. O gente que se lamenta de su soledad y plantea a los demás exigencias irracionales, como que los traten como reyes o reinas sin dar ellos nada a cambio. Ejemplos, por desgracia, hay muchos. A poco que busque, el lector encontrará unos cuantos entre sus conocidos. Puede que incluso el lector reconozca algunas de esas conductas en él, porque a veces el Esclavo no sabe que lo es, y el primer paso para emprender el cambio es reconocer la realidad y aceptarla. Por ejemplo, si crees que la clave de tu felicidad la tienen otros (familia, cónyuge, amantes, políticos, etc.), y no tú y solo tú, no lo dudes: estás metido hasta los tobillos en el Camino del Esclavo y deberías plantearte salir de él. Si te sientes una víctima del sistema, del Estado, de la sociedad, si te crees oprimido u oprimida constantemente por grandes fuerzas nebulosas que te superan, si estás siempre enfadado con el mundo o el sistema, si crees que tus amigos, tu pareja, tu familia, te deben algo y tienen que pagártelo, eres un Esclavo o Esclava, estás hasta las rodillas en ese camino y deberías salir de él. Si cada dos por tres miras el móvil o el ordenador para ver tu estado en las Redes Sociales, si estás planeando los mil selfis de tus vacaciones que vas a colgar en Instagram, si cada dos por tres te ves metido o metida en broncas en Twitter que consumen mucho tiempo y muchas energías, estás hasta la cintura en el Camino del Esclavo y deberías salir de él. Si necesitas beber o tomar drogas porque te ha abandonado tu pareja o has perdido el empleo, si no eres capaz de salir con tus amigos o ir a reuniones sociales y pasarlo bien sin beber alcohol, si necesitas tomar drogas a menudo para sentirte bien, estás hasta el pecho en el Camino del Esclavo y deberías empezar a trabajar de inmediato para salir de él. Si tienes pavor a la opinión ajena y te cuesta ser tú mismo, con naturalidad, sin importarte gustar o no, también estás en el Camino del Esclavo. Si, en definitiva, tienes en tu vida un miedo y un dolor grandes que te impiden cambiar, sabiendo que debes cambiar, y eso te produce estrés, angustia, tristeza y confusión, tienes que tomar ya la iniciativa, no mañana ni en una semana, sino ahora, buscar ayuda o bien apoyarte en ti mismo, y tomar la iniciativa para dejar de ser un Esclavo y empezar a convertirte en Guerrero o Guerrera.

La vida no es fácil. No es un anuncio de televisión ni un eslogan en una pancarta. Es mucho más compleja de lo que creemos. Hay muchos agujeros en el suelo y podemos caer en alguno. Los hay profundos, sombríos y peligrosos. Pero la buena noticia es que podemos salir de cada pozo, y cada vez más rápido, para disfrutar de las cosas que merecen la pena. Podemos dejar de ser Esclavos y convertirnos en Guerreros, y transitar un camino de fuerza, disciplina, independencia, libertad, valor, gloria y satisfacciones. Podemos ser nuestros propios Héroes y Heroínas.

Espero que este artículo te haya servido para explorar tu propio interior, pues el viaje al interior es el más increíble de los viajes que puede hacer un ser humano. Recuerda que ante situaciones difíciles y complicadas visitar a un psicólogo sanitario puede ser una muy buena opción para clarificarte y superar aquello que ahora te hace sufrir. Si te ha gustado este artículo te invito a que te suscribas a mi Newsletter para recibir automáticamente mis entradas y así estar al tanto de diferentes e interesantes temáticas y recursos de psicología. Me encantaría verte entre mis suscriptores.

Que tengas un día maravilloso.

Natalia Aguado (psicóloga sanitaria), con la colaboración de Andrés Díaz Sánchez (escritor).

Abierto el plazo para apuntarte a una experiencia muy enriquecedora: TERAPIA DE GRUPO en NVAG Centro de Psicología.

NVAG Centro de Psicología es un centro sanitario en Alcobendas (Madrid), en el cual la psicóloga sanitaria Natalia Aguado ofrece servicios de psicoterapia. Para más información visita www.nvagpsicologia.com.